Periodistas de a Pie

Las fosas del silencio

Publicado: 05.11.2014

Oslo, Noruega, 21 de Octubre.- Estas imágenes son el retrato del día a día en México desde el 2006, cuando el presidente Felipe Calderón Hinojosa declaró la" Guerra contra las Drogas" los soldados y la policía armada llevaron esta lucha contra los cárteles a las calles. Los criminales respondieron con armamento militar y esto explotó en una guerra por el territorio. Guerra que hasta ahora continúa vigente.

Yo era una periodista normal, me dedicaba a cubrir pobreza y antes de darme cuenta, ya estaba reporteando sobre masácres y fosas clandestinas. La violencia ha cambiado mi vida así como las vidas de millones de mexicanos.

He entrevistado a personas que han sido torturadas por militares, a padres a los que sus hijos fueron ejecutados sumariamente. Fui contactada por familias que se vieron obligadas a ser desplazadas, horrorizadas, sin poder pronunciar lo que les había sucedido. Participé en grupos de sesión para niños huérfanos en donde nos compartían sus pesadillas. Una vez conocí a 30 mujeres, ellas traían fotos de sus hijos desaparecidos. Querían contar su historia. En ese momento pensé que no podría entrevistarlas, que sería muy doloroso pero lo hice. Escojí este camino durante estos años. La búsqueda de los desaparecidos.

De igual manera que me sucedió a mi, repentinamente los periodistas mexicanos nos convertimos en corresponsales de guerra en nuestra propio país. Cuando terminó el periódo de Calderón hicimos un conteo de 100,000 personas asesinadas, 27 mil desaparecidos, cientos de miles que han sido desplazados, y un número incontable de heridos, mutilados, huérfanos y/o viudos. Asombrosamente con el gobierno de Enrique Peña Nieto, esas cifras desaparecieron. La violencia se fue al suelo como en un truco de magia.

Entendimos que la razón principal de esta guerra no es por un cártel, es por territorio. Este combate es por control. Por el control de la población, control de la información.

Más de 80 periodistas han sido asesinados o desaparecidos en los últimos 8 años, ellos no murieron en la línea de fuego o porque pisaron una mina como probablemente hubiera sucedido en una guerra tradicional. En México, los periodistas han sido perseguidos en sus oficinas, en las calles en sus hogares frente a su familia.

Por miedo a perder su vida, docenas han abandonado sus hogares, buscan asilo en el extranjero o refugio en otros estados de México. Algunos de ellos eran periodistas de investigación, ahora venden hot-dogs, se dedican a cortar el césped o a limpiar escuelas.

Los silenciadores han garantizado impunidad. Las amenazas, la tortura, las desparaciones y asesinatos de periodistas siempre van sin castigo alguno.

A pesar de esto el gobierno federal anuncia galantemente en foros internacionales que ha construido un mecanismo para protección de periodistas y ha modificado la ley para que cada ataque a informadores quede registrado como un crimen federal. Sin embargo, la ley sólo se hace válida en papel, en la vida práctica se ha demostrado que no funciona.

En el México de hoy en día hacer periodismo se asemeja a caminar en arenas movedizas. Es muy complicado saber donde se encuentra el verdadero peligro. En ciertas zonas, oficiales gubernamentales son parte del crimen organizado y cuando los entrevistas no sabes en realidad con quien estas hablando. La corrupción es la firma de esta tragedia.

Los reporteros mexicanos estamos atrapados entre varios fuegos: el impuesto por los narcotraficantes, quienes dictan las reglas de la cobertura periodística y castigan a quienes se nieguen a seguirlas, o la censura del gobierno quienes compran el silencio de los medios de comunicación para prevenir un verdadero periodismo de investigación, o la censura de los dueños de las corporaciones mediáticas quienes manipulan la información con tal de no perder los privilegios que la clase política les otorga convirtiéndose así en sus cómplices.

Donde la prensa esta sometida a los poderes fácticos las personas pierden su derecho a ser informados y aprenden a no confiar en los periodistas. La gente muere y nadie se entera. No existen reportes de los lugares donde pasajeros de autobuses son asesinados de manera fortuita o sobre los cientos de jóvenes que desaparecen en las carreteras o son forzados a reclutamiento en cárteles de droga. Todo esto sucede mientras la violencia desparece mágicamente de la agenda de los medios gracias a un cambio en la propaganda del gobierno. En su desesperación los ciudadanos están usando las redes sociales para contar sus historias, algunos de ellos pagaron con su vida por llevar a cabo esta tarea.

Cuando nosotros los reporteros, nos dimos cuenta que estamos solos y que el gobierno no nos protegerá, comenzamos a crear lazos, redes de solidaridad y entrenamiento, como el que co-fundé llamado Periodistas de a Pie. Empezamos organizando cursos para regresar seguros de las zonas de conflicto, aprendimos a encriptar información sensible y buscamos técnicas para estar emocionalmente sanos, mantener limpias nuestras almas de tanto horror.

Hubieron tiempos en los que nos convertirmos en un centro de crisis, recibíamos llamadas de nuestros colegas en pánico, rogando por ayuda porque alguno de sus reportajes había hecho enojar a alguien.

Una de las llamadas de emergencia que recibimos fue la de Gregorio Jiménez de la Cruz, un reportero del estado de Veracruz. Fue secuestrado en febrero, cinco hombres armados se lo llevaron de su casa enfrente de su familia. Ese mismo día valientes colegas tomaron las calles demandando al gobierno que lo buscara. Mucha gente protestó en solidaridad alrededor del país con la misma demanda, su cuerpo fue encontrado una semana después.

Gregorio era un reportero común, ganaba menos de dos dólares por nota, así que tenía varios trabajos al mismo tiempo ya que el dinero que ganaba no era suficiente para poder mantener a su familia. Él no tenía seguro médico ni derechos laborales, en la pequeña ciudad en la que vivía reporteaba sobre la escasez de servicios básicos, de los problemas en los bares y los secuestros, un tema que alguien trató de silenciar.

Algunos periodistas en respuesta a su asesinato, viajaron a Veracruz para investigar sobre su muerte. Durante tres días estuvimos encerrados en una habitación de hotel entrevistando a otros reporteros quienes se sentían inseguros u observados por los cárteles o políticos poderosos que demandaban su silencio. Preparamos un reportaje sobre la muerte de Gregorio para sacarlo de la fosa en donde los silenciadores pretendían mantenerlo enterrado.

Hicimos lo que los periodistas saben y deben hacer: realizamos una investigación. Esto es lo que queremos seguir haciendo: traer luz a los lugares donde el silencio prevalece, hacer la tarea de los silenciadores mucho más difícil. Lo que necesitamos es asegurar que cualquier que esta siendo amenazado pueda seguir haciendo su trabajo y no tenga que dejar el país.

Es peligroso. Actualmente es imposible esconder que en varias áreas de México quien esta a cargo es la narcopolítica. El mes pasado vimos su cara más brutal, cuando la policía municipal atacó a estudiantes. Mataron a seis personas y uno de ellos fue encontrado desollado, detuvieron a otros cuarenta y tres. Desde entonces están desaparecidos. Sabemos que estos policías los entregaron a sicarios pertenecientes a un cártel local, existen versiones que aseguran que los estudiantes fueron quemados vivos y luego enterrados. Una vez más me encontré visitando fosas clandestinas buscando por restos, entrevisté padres enloquecidos por el dolor en busca por sus hijos.

En una de las últimas crisis se ha descubierto que el ejército mexicano masacró a 22 jóvenes. El reporte oficial fue que estas personas habían sido asesiandas en combate cuando en realidad fueron ejecutadas. En una investoigación periodística se denunció el crimen. Investigaciones como esta cambian el curso de la historia, las violaciones a derechos humanos que ocurren en mi país.

Esto es lo que necesitamos: Grupos independientes de investigación que lleven luz a las zonas de obscuridad. Equipos que investiguen los crímenes cometidos en contra de la gente. Más colegas que griten los nombres de los asesinos e insistir hasta que la impunidad se termine. Poder investigar sin miedo de terminar en una zanja. No sólo se trata de defender la libertad de experesión sino de defender el derecho de los ciudadanos a estar informados.

Esta es nuestra lucha contra el silencio. Esta es nuestra lucha por la vida.

Marcela Turati habla sobre el periodismo bajo la guerra contra las drogas en México (Minuto 07:20).

 

Fuente del video y más información del Oslo Freedom Forum en el sitio web: http://eslibertad.org

 

Discurso en Ingles

Oslo, Noruega, 21 de October.- This images are Mexico’s everyday life, since 2006, when President Felipe Calderon declared the “war on drugs”, soldiers and policemen have taken to the streets to fight the drug trade with guns. The criminals responded with military weapons, and this ignited a territorial war. Until now.

I was a “normal” journalist covering poverty issues, and before I knew-it I was covering mass murders and reporting about mass graves. Violence has changed my life, as well as the lives of millions of Mexicans.

I interviewed people who had been tortured by the military and parents whose children had been summarily executed. Terrified displaced families uncapable to pronounce what happened to them contacted me. I participated to group-therapy sessions for orphan children sharing their nightmares.

Once, I met thirty women. They came to me with pictures of their missing sons. They wanted to tell their stories. At that moment I thought I could not interview them. It was really painful but I did it. I chose this path during these years. Looking for the missing people.

As me, all of a sudden, we Mexican journalists have become war correspondents in our own country. When President Calderon’s period finished we counted one hundred thousand people killed. Twenty-seven thousand have gone missing, hundreds of thousands more have been displaced, and an untold number have been wounded, crippled, orphaned or widowed. Suddenly, with Enrique Peña Nieto’s government those figures magically disappeared. Violence went down. It was hidden as if by a hat-trick.

We understand that the main reason for this war is not drug trade, but territory. This war is about control. Control of the population, control of information.

More than eighty have been murdered or disappeared in the last 8 years. They do not die in crossfire, or because they step on a mine, like they would in a traditional war. In Mexico, journalists are being hunted, AT their offices, on the street, at their homes in front of their family.

For fear of losing their lives, dozens have abandoned their hometowns. They seek refuge in other states of Mexico or apply for asylum in other countries. Some of them used to be investigative journalists. Now they sell hot dogs, mow lawns or clean schools.

The silencers have guaranteed impunity. The threats, torture, disappearances and murders of journalists always go unpunished.

In spite of this, Mexico’s federal government announce in international forums that it has built a mechanism to protect journalists and a law that turns into federal crimes every attack against journalists. But the law is only good on paper. In reality we have proven that it doesn’t work.

In today’s Mexico, doing journalism is like walking on quicksand. It is hard to know where the danger lies. In some areas, government officials are part of the organized crime and when you interview them you don’t know who you are talking to. Corruption is the signature of this tragedy.

Mexican reporters are trapped between several fires: the one imposed by drug lords, who dictate the rules of coverage and punish those who do not comply; or government censorship, which buys the silence of the media to prevent investigative journalism; or censorship from owners of media outlets who manipulate their information to avoid losing government privileges, thus becoming accomplices.

Where the press is submitted to de-facto powers, people lose their right to be informed and learn not to trust journalists. People died and nobody knows. There are no reports of the towns where bus passengers are randomly murdered, of the hundreds of young men who disappear on the highways or who are forcibly recruited by the drug cartels. While violence is magically disappearing from the news cycle, thanks to a shift in government propaganda. In their desperation people are using social media to tell the stories. Some citizens paid for this with their lives.

When we, reporters, realized that we were alone, that the government wont protect us, we started creating solidarity and training networks. Like the one I co-founded with other colleagues, called Journalists on Foot (Periodistas de a Pie). We started by organizing courses to help us come back safely from covering danger zones, or encrypt sensible information or searching techniques to be emotionally health, to keep clean our souls in such horrors. There were times when we became a crisis center, receiving calls from our colleagues, in panic, begging for help because of a news report that upset someone.

One of the SOS calls we received was for the search of Gregorio Jimenez de la Cruz, a reporter from the state of Veracruz. He was kidnapped in February. Five armed men pulled him out of his house right in front of his family. That same day, brave journalists took to the streets, demanding the government to find him. All around the country many protested in support. His body was found a week later.

Gregorio was a common reporter. He made less than two dollars per news report. He had several jobs, because the money he earned was not enough to support his family. He had no health insurance, nor labor rights. In the little town where he lived, he reported on the lack of basic services, troubles at bars and kidnappings, a subject that someone tried to silence.

Some journalist in response to his death traveled to Veracruz to research on his murder. For three days we were locked in a hotel interviewing journalists who felt they were being watch by drug lords or powerful politicians who demanded their silence. We prepared a report on the death of Gregorio to pull him out of the mass grave in which the silencers meant to keep him buried.

We did what journalists know how to do, and must do: we performed an investigation. That is what we want to keep doing: to bring light to the places where silence prevails, to make the duty of the silencers more difficult. What we need is to ensure that anyone who is being threatened can continue doing their work, and don’t have to leave the country.

It’s dangerous. By now, it’s impossible to hide that in several areas of Mexico narco-politics is in charge. In the last month, we have just seen its most brutal face, when a local police force atacked students. They killed six people –one was found flayed--, and they detained forty-three others. Since then they are missing. We know that these police agents handed them to a local cartel. Some versions say the students were burned alive their bodies buried. Once again I have to visit mass graves looking for bodies, I interviewed parents crazy for the pain, searching for their sons.

The Mexican state is searching, but only more mass graves with more bodies are found. In just one day were twenty eight. Not the missing students. No one knows who this people were. Those bodies are the clandestine grave yards of which Mexico has been filling, those that the local press cannot talk about. They are the bodies of silence.

In one of the latest crisis, it was discovered that the Mexican army massacred twenty two young people. Their official report was that they were killed in combat but in reality they were executed. A journalistic research denounce the crime. Investigations as this change the course of history, the human rights violations happening in my country.

This is what we need: Independent investigative teams that bring light to the dark zones. Teams that research the crimes committed against the people; more colleagues to shout the names of the killers and to insist until impunity comes to an end. Investigate without fear of ending up in a ditch. Is not only about defending liberty of expression is about the citizens right to be informed.

This is our fight against silence. This is our fight for life.

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