Periodistas de a Pie

Construyendo desde la violencia‏

Por: Marcela TuratiPublicado: 22.05.2011

Desde aquella tarde que Gloria Lozano vio a su único hijo rafagueado en un terreno baldío junto a los cuerpos de otros 12 cuerpos jóvenes --entre ellos un papá primerizo abrazado a su bebé, todos víctimas de un comando de sicarios--, ni ella, ni las demás familias de los “mártires de Creel”, volvieron a ser las mismas. En su lucha por la justicia las familias han bloqueado carreteras, realizado marchas, acudido a radiodifusoras, arrastrado ataúdes de cartón por las calles, suspendido actos gubernamentales, tapizado los comercios con los carteles oficiales que ofrecen recompensa por entregar a los sicarios, correteado al gobernador, al alcalde y a cuanta autoridad policiaca se asoma por este lugar y, en una maniobra que a ellas mismas las sorprende, detuvieron el tren que llevaba turistas a las Barrancas del Cobre. Hace tiempo se convirtieron en investigadores: ya saben quiénes mataron a sus hijos.

La cobertura masacre ocurrida en el pueblo de Creel, en el estado de Chihuahua, se convirtió para mí en un parteagüas de mi cobertura semanal, sistemática, de los efectos sociales de la violencia inaugurada oficialmente en México desde 2007, cuando los cárteles del narcotráfico y su persecución en las calles por parte del ejército nacional convirtió al país en un campo de batalla y a muchos periodistas en corresponsales de la guerra doméstica.

En esa comunidad serrana chihuahuense donde los 13 jóvenes fueron asesinados en agosto de 2008 descubrí una nueva clase de personas –temerarias, valientes, con ánimos de justicia—cuyo dolor las obligó a salirse del patrón de las víctimas que había visto en otras asignaciones: paralizadas por el miedo, avergonzadas por el estigma, frustradas por la impotencia.

Desde entonces me puse como asignación intentar descubrir en medio de las desgracias que me han tocado cubrir a las personas que aún con el corazón arrasado, la vida arruinada o el ataúd en la sala tienen la fortaleza para organizarse; a quienes comparten su dolor para sanar a otros; a quienes salen a las calles a recuperarlas para los ciudadanos.

No ha sido fácil. Se logra pocas veces. Se requiere de mucha observación y paciencia. Y, sobre todo, transitar antes por los caminos de la parálisis, del miedo, de la impotencia, de la fatalidad; tocar mucho dolor para denunciarlo; improvisar y hasta equivocarse.

Antes de seguir quiero explicar cómo ha evolucionado la cobertura periodística en México. Porque así como el tifón de la violencia nos sorprendió a todos los mexicanos, nos encontró a los periodistas impreparados, pasmados y desconocedores de los nuevos códigos de sangre en los que exterminar al otro es la meta, donde la saña es el mensaje y se expresa a través de cuerpos decapitados, calcinados, desaparecidos, disueltos en ácido, ejecutados, torturados, masacrados.

La emergencia nos obligó a improvisar la cobertura de la mejor manera que pudimos.

Lo que se hizo durante mucho tiempo fue el conteo de muertos, que en las redacciones llamamos “el ejecutómetro”, que es la estadística diaria de muertos con las que los reporteros de la fuente policiaca reflejaron los inicios de la tormenta de sangre.

De pronto, era tanta la violencia, que algunos reporteros que siempre nos prometimos que nunca íbamos a cubrir noticias sobre narcotráfico de pronto ya estábamos en las escenas de los crímenes, entrevistando a testigos o sobrevivientes, acudiendo a los velorios, pescando datos de los muertos para confeccionar una escueta biografía de las víctimas o reconstruyendo la masacre para “cronicar el horror”.

Pero se llegó a un punto en que la pila de muertos se volvió infinita, en que cada matazón se parecía a la anterior, en que seis noticias terribles competían por la primera plana del diario, que la cobertura debía hacerse de una manera distinta a la reactiva. Era el momento de tomar la agenda, quitársela a los violentos que la fijan, para devolverle sentido a la vida, dignidad a las víctimas y poder a los ciudadanos. Esto es: alumbrar lo que ocurre con la luz de los derechos humanos. A lo que yo llamo, periodismo que denuncia lo que ocurre y anuncia lo que puede ser cambiado.

Hacer una cobertura periodística responsable que tenga a los derechos humanos como carta de negociación, sin embargo, es un ejercicio complicado que se diseña cada día, al calor de la nueva emergencia y llevarlo a buen término requiere constante entrenamiento, técnica, educar la mirada, aprender a leer los procesos, construir un discurso distinto, dominar el miedo y trabajar para que no se nos oxide la indignación y la esperanza.

Esta es la apuesta de un grupo de reporteros mexicanos que desde 2006 --antes sospechar siquiera que México se convertiría en una balacera-- comenzamos a agruparnos en lo que después llamamos la Red de Periodistas Sociales “Periodistas de a Pie”.

Nuestra primera intención para reunirnos era adquirir habilidades de investigación, escritura, planteamiento informativo y nuevos conocimientos que nos permitiera empoderar en los medios de comunicación para los que trabajamos las notas sociales (salud, educación, derechos humanos, ecología, migración, las tendencias sociales, etc…) que para nosotros es información vital que le permite al ciudadano entender por qué le pasa lo que le pasa, pero para los directivos siempre son las notas de relleno. Porque los espacios los tienen copados las notas políticas, judiciales, económicas, los espectáculos o la publicadad.

Para reforzar nuestro trabajo empezamos a contactar a expertos en desarrollo social o periodistas destacados de otros países que estaban en México de paso, a quienes interceptábamos, los llevábamos a cenar o a desayunar a cambio de que nos dieran una charla. Que, siempre, inevitablemente, terminaba en cómo hacer una cobertura con enfoque de derechos humanos.

A partir de 2007, varios del grupo fuimos enviados al frente de batalla. A mí me asignaron la cobertura de Ciudad Juárez, el epicentro de la violencia mexicana, que desde entonces se convirtió en la ciudad que más muertos produce en el mundo. Confieso que varios no sabíamos los nombres de los cárteles de la droga que disputaban terreno, pero sí teníamos entrenamiento para detectar los fenómenos que provoca la violencia en la sociedad.

Así, varios empezamos a describir las desgracias de los pueblos pobres obligados al cultivo de amapola, la tragedia del juvenicidio (jóvenes que matan jóvenes), el drama de los pueblos exiliados por la violencia, las denuncias de los presos que fueron torturados para autoinculparse como sicarios, el aumento a las violaciones de los derechos humanos. A las redacciones no tardaron en llegar personas con fotos en la mano, del familiar desaparecido por el ejército, la policía, los narcos o por causas desconocidas que después se convirtieron en multitud.

La emergencia nos obligó a reforzar las capacitaciones: en La Red organizamos cursos sobre los riesgos de la militarización, la cadena del narcotráfico (desde el cultivo al consumo), los temas sociales que cruzan con los de la seguridad, la experiencia del conflicto colombiano, cómo entrevistar a niños traspasados por la violencia, cómo protegernos o de qué manera se defiende la libertad de expresión.

Y así, avanzamos a contramano del discurso oficial que anuncia como victoria el asesinato de más 28 mil mexicanos en esta guerra, y que el 90% de ellos lo merecía porque eran narcotraficantes. También fuimos a contracorriente del lenguaje de la muerte de los narcotraficantes que elaboran un performance macabro con los cuerpos de sus rivales para infundir más terror y que pretenden despojar de toda humanidad a sus víctimas.

En esta encrucijada, varios periodistas nos aferramos a dar rostro a las cifras de muertos, a rescatar sus historias, saber qué edades tenían, dar a conocer el impacto que su ausencia causa en su familia, en su barrio, en la comunidad y por qué esa nueva muerte tendría que dolernos (o al menos preocuparnos) a todos.

Claro que llega un momento en que la anécdota individual se agota, que la sociedad no está dispuesta a seguir tragedias personales. Esto que nos obliga a construir de manera distinta los relatos y sumar las tragedias individuales para darles la dimensión de fenómeno social.


“¿Quién hizo la tarea”, pregunta al inicio de la sesión la psicóloga que conduce el grupo. Ninguno de los alumnos se anima a responder. Se mantienen silenciosos en las bancas. Ella les recuerda que la tarea consistía en regalar la ropa de su difunto para avanzar en el proceso de duelo. O al menos intentarlo.

De entre el público, una mujer comenta que a ella le “dio cosa” regalar los trajes caros que se compraba su hijo, un policía que se distinguía por su elegancia y pulcritud, hasta que lo rafaguearon. El comentario da pie a que un anciano pregunte si está mal platicar todos los días con la foto del hijo que le balearon en la calle. Una obrera confiesa que no se anima a deshacerse de las pertenencias de su esposo porque sigue desaparecido, pero que se sintió bien al regalar las de su hijo asesinado, para que otro las aproveche.

Las terapias del duelo en Ciudad Juárez fue uno de los reportajes donde reflejé los talleres de un colectivo religioso recién organizado para sanar a las familias a las que la violencia les había arrebatado a uno o varios familiares. Esa sirvió como un espejo, doloroso, en la que reflejaba el profundo daño social.

Durante un año y medio pregunté a cada una de las organizaciones sociales si habían creado algo para las familias de las miles de personas asesinadas en la ciudad, pero ellas me respondían que la violencia los rebasaba, los tenía pasmados. Lo descubrí cuando leí un letrero en una calle que invitaba a las familias en duelo a talleres en una iglesia.

En todos los conflictos armados, abundan las víctimas y debemos de hallar la manera de explicar por qué su sufrimiento concierne a la sociedad entera. Desde el inicio, gracias a las capacitaciones que recibimos de los colegas colombianos y por nuestra formación en temas sociales, los reporteros de La Red optamos por visibilizar a las víctimas porque los violentos siempre tienen espacio asegurado en los medios de comunicación, siempre tienen reporteros detrás cubriendo sus pisadas y siempre son los protagonistas.

Tocar el dolor ajeno es una tarea delicada, para la que se requiere preparación, paciencia y tiempo. Las personas que han sido víctimas de la violencia muchas veces tienen miedo, no quieren hablar o ven a los periodistas como buitres de la desgracia ajena.

También se requiere evitar construir en el imaginario de nuestros lectores la idea de todas las víctimas como indefensas, carentes de opciones y de derechos. Por eso es importante visibilizar a las personas de otra talante, las que tomaron el timón de su desgracia y, a contracorriente, exigen que sus derechos les sean restituidos o se organizan para ayudar a otros.

Se requiere un reporteo sistemático y de largo plazo para detectar los momentos en que los ciudadanos se organizan, pierden el miedo y resisten con dignidad. No hay lugar donde no surjan colectivos de madres en busca de sus hijos desaparecidos, familias unidas en la investigación del asesinato de sus miembros, estudiantes conectados a través de tuiter que se oponen a la violencia o artistas que salen a la calle con misión de recuperarla como espacio para los ciudadanos.

Al visibilizar sus actividades (cuidando no ponerlos en riesgo) abrimos una ventana de esperanza en momentos en los que pareciera que no queda más que esperar. Con esas historias logramos que la población recupere la autoestima, se reconcilie con su situación, busque a otros para trabajar en colectivo y damos otro rostro de las víctimas como individuos que, pese a la tragedia, no están vencidos.


El costo en vidas por la violencia ha sido tan alto que no hay guarderías, salones de clases, talleres de verano, clases de catecismo o torneos deportivos a los que no se asomen los hijos o hijas de las personas asesinadas. A donde no lleguen los llamados “huérfanos de los ejecutados”, que irrumpen como un nuevo colectivo de fácil ingreso.

Son tantos que reciben terapias colectivas. Para ellos, organizaciones como Casa Amiga han creado ejercicios terapéuticos específicos como el siguiente, que guía una psicóloga que, en medio de una relajación, les dice: “…ahora, así, acostadito como estás, con tus ojos aún cerrados, tu cuerpo ya relajado, trae a la mente a tu papá… el momento que te enteraste de su muerte… siente tu propio corazón… ¿Cómo está ese corazoncito? ¿Qué sintió? ¿Qué carita puso?...".

Cuando los conduce a la salida del sueño profundo, la terapeuta les sugiere que dibujen lo que visualizaron y en los papeles van surgiendo corazones cortados, otros envueltos en lágrimas, algunos maltrechos por profundas cicatrices. Entonces les propone curarlos y ellos van colocando curitas, cintas adhesivas, kleenex, florecitas. Los colorean hasta dejarlos bonitos. Hasta que remiendan algo de las cicatrices que les lastiman el alma.

El reportaje de las terapias para niños y niñas huérfanos por la violencia movió a 60 psicólogos chihuahuenses a crear una red de terapeutas dedicados a aliviar el dolor social por la sobreexposición a la violencia, que se estrenó –dos meses después-- atendiendo a la recién creada red de familias con miembros desaparecidos.

Las dos redes fueron noticias esperanzadoras dentro del contexto de desolación que se vive en muchas regiones del país: la última es de madres de los jóvenes desaparecidos, que junto con activistas de derechos humanos, se intercambiaron tips legales y psicológicos, y estrategias de lucha política y ante tribunales internacionales, para continuar la búsqueda y obligar al Estado a investigar a los desaparecidos.

De la misma manera como los cárteles mafiosos se internacionalizan, buscan aliados por el mundo, socializan métodos para seguir haciendo negocios y trasnacionalizan sus conocimientos, así estos ciudadanos que he encontrado en mi cobertura intercambian estrategias de acción y sobrevivencia.

Los periodistas somos clave en este proceso de empoderamiento ciudadano, ya que visibilizando a los actores que provocaron el cambio (cuidado no ponerlos en riesgo) y exhibiendo las estrategias que han dado resultado, podemos colaborar a quitarle a la gente la parálisis del miedo y brindamos herramientas para la construcción de un mañana distinto.

 

Este artículo fue publicado en el número de Primavera de 2011 en la Revista de las Américas de la Universidad de Harvard, bajo el título: Building Justice through Journalism. Se puede leer completo en el siguiente link: http://www.drclas.harvard.edu/publications/revistaonline/spring-summer-2011/ashes-violence

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