La Nuevo México, cicatriz viva de un barrio que se resiste a desaparecer

En esta colonia del norte de México, ubicada en el poniente de Torreón, la violencia arrancó a la gente de su tierra. Entre 2008 y 2014, la presencia del crimen organizado provocó el desplazamiento forzado interno de 222 familias. Hoy, el arraigo de quienes regresaron y permanecen, a pesar de las ruinas, impide que el lugar se desdibuje.

Este reportaje forma parte del proyecto «Desplazamiento forzado, una herida sin sanar en México»

Por Daniela Cervantes

Entre el 2010 y 2012 al menos 222 fueron desplazadas. Foto: Daniela Cervantes

En la época prehispánica, cuando un bebé nacía, la familia enterraba su ombligo en la tierra. Con ese ritual buscaban conectarlo con su origen, su núcleo y su destino. Se pensaba, entonces, que su vínculo se volvería definitivo.

Más de quinientos años después, la idea del ombligo como raíz sigue viva. La creadora escénica Martha Chávez lo constató al conversar con una habitante de la colonia Nuevo México. La mujer mayor le contó que su ombligo se quedó enterrado en Zacatecas, su lugar de origen; y que ella, a su vez, sepultó el de sus hijos en ese sector del poniente de Torreón, zona a la que había arribado años atrás.

A la artista lagunera aquella imagen le pareció “una metáfora preciosa”. En ella encontró el sentido de arraigo que notó en la gente que habitaba el barrio, quienes entre 2008 y 2014 se negaban a abandonar sus casas, aun cuando la colonia fue tomada por el crimen organizado y la violencia se volvió parte de su rutina diaria.

En aquellos años, el sector se convirtió en un campo de batalla y guarida de grupos delictivos, principalmente de Los Zetas, quienes despojaron a los residentes de sus hogares.

En el 2018, Martha Chávez caminó la zona siniestrada. Recabó testimonios, observó y tomó apuntes. Buscaba entender lo que habían experimentado los habitantes de la Nuevo México durante la época cruenta, que entre 2010 y 2012 vivió un pico alto de violencia. Las consecuencias fueron visibles: casas destruidas, paredes heridas de balas, y, según notas periodísticas, al menos 222 familias fueron desplazadas.

En ese momento Martha Chávez conoció el concepto de desplazamiento forzado interno, y sacudida por lo que implicaba decidió traducir esa experiencia colectiva en una pieza teatral. El resultado fue la obra titulada “La Nuevo México, allí donde quedó el ombligo”.

El nombre nació de la conversación que mantuvo con aquella mujer. Para Martha se convirtió en la piedra angular que representa la esencia de todo el barrio: el ombligo como símbolo de origen, pertenencia y centro vital, el punto exacto donde se vincula el arraigo de su gente.

El material que recabó Martha Chávez lo transformó, a través del teatro documental, en un acto de memoria. También en una forma de volver a enterrar el ombligo de un barrio que la violencia había arrancado de su tierra.

Hoy, en las voces de quienes se quedaron y de quienes un día regresaron, se reafirma que el arraigo en la Nuevo México nunca fue una idea abstracta, sino una determinación forjada en medio del miedo. Para unos significó resistir sin moverse; para otros, volver sobre sus pasos. Entre ambas decisiones tejieron la misma voluntad: sostener la dignidad de una colonia desplazada, pero empeñada (entonces y ahora) en no desaparecer.

La Nuevo México nació al mismo tiempo que otras colonias obreras del poniente de Torreón, todas ligadas a las fábricas y al ferrocarril. Foto: Daniela Cervantes

“Aquí estoy para contar lo que vivimos”

Enero de 2026. Llego a la colonia Nuevo México, un barrio de raíz obrera asentado en las faldas del cerro de las Noas, al poniente de Torreón. Las casas se levantan sobre la piedra del collado, adaptadas a la pendiente, formando cinco callejones que se enlazan como un laberinto áspero. Subo por uno de ellos y de inmediato me cruzo con los rastros de la hecatombe: viviendas derruidas, muros acribillados, puertas y ventanas selladas con cemento, fachadas grafiteadas, montones de basura y algunos domicilios en visible abandono.

La escena me vincula a un poema de la polaca Wislawa Szymborska que describe justo el trabajo silencioso que comienza cuando una guerra termina:

Después de cada guerra […]

alguien tiene que limpiar.

No se van a ordenar solas las cosas […]

Alguien tiene que arrastrar una viga para apuntalar un muro,

alguien poner un vidrio en la ventana

y la puerta en sus goznes. […]

Alguien con la escoba en las manos.

recordará todavía cómo fue…

En algunas de las casas de más arriba del cerro, según los vecinos, personas fueron torturadas y asesinadas. Foto: Daniela Cervantes

En la Nuevo México, ese “alguien” tiene rostro y nombre, se llama Ana María Zapata, una mujer que aún en el pico más alto de la violencia no abandonó su casa. Mientras muchas familias se desplazaron para salvarse, ella, junto a su pequeño hijo de tres años, se aferró a sus paredes heridas.

La misma Ana narra cómo ha intentado recomponer su vida entre las ruinas, reconstruyéndose a sí misma del mismo modo en que, como escribiera Szymborska, se reconstruye un territorio después de la guerra.

Actualmente tiene 47 años, los mismos que ha permanecido arraigada a la colonia que recorrió con curiosidad desde que era niña y donde, entre juegos en el cerro y calles edificadas sobre piedra, fue moldeando su identidad.

“Todos éramos felices, tranquilos. De niños nos subíamos al cerro y nos bajábamos en una llanta, jugábamos a las escondidas y en las canchitas de fútbol. La gente se empezó a ir por las balaceras. Cuando comenzaron, cada quien huyó por su rumbo”, relata Ana.

¿Y ella por qué se quedó?

“No sé cómo me lo va a tomar usted señorita, pero el muerto y arrimado a los tres días apestan, y la familia dice que te ayuda y al final no lo hace. Yo no me fui porque no tenía las condiciones. Yo vivía al día”. Además, dice, sus padres construyeron con mucho esfuerzo esa casa. Ladrillo a ladrillo y acarreando agua desde la estación del tren que les quedaba cerca, la levantaron. Por eso sintió que ella de alguna manera tenía que defenderla.

Sentada en el comedor de la morada, en donde la luz del sol aún no entra porque las ventanas siguen selladas con el cemento que una vez colocaron para que no la penetraran las balas y las huellas de los disparos permanecen en los muros exteriores, Ana recuerda el hecho exacto con el que estalló la violencia en la colonia.

Ana María Zapata conoce la Nuevo México como la palma de su mano. Sabe de cada grieta que la violencia le abrió a su colonia. Foto: Daniela Cervantes

Fue en 2009, cuando mataron a balazos a Crucito, un habitante muy querido que vendía elotes y churritos, hecho que, confirma, provocó que la Nuevo México cambiara para siempre.

“Había una fiesta y él estaba vendiendo elotes. Siempre atraía a muchos niños a su alrededor; todos corrían hacia su triciclo porque les daba chilito con limón en la mano. Cuando empezó el tiroteo, él lo único que hizo fue gritar que no tiraran, que había niños. Quería protegerlos. Después, cuando todo pasó, vimos a muchos niños llenos de sangre y pensamos que estaban heridos. Pero no: era la sangre de él. Crucito los cubrió con su propio cuerpo. Él los salvó”, narra Ana.

Ese hecho le arrebató la paz a la Nuevo México. La escena que siguió fue la de cuatro cuerpos abandonados en la entrada del sector.

El barrio quedó atrapado entre dos grupos del narco: primero los Zetas, luego, dice Ana, llegaron los “Chapitos”. Los grupos se disputaron el terreno. Relata que convirtieron algunas casas, sobre todo las de más arriba del cerro, en trincheras improvisadas.

Más vecinos, como pudieron, comenzaron a tapar sus ventanas con cemento. De la noche a la mañana, de los 326 habitantes registrados en el Censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) del 2010, quedaron apenas entre 10 y 15 personas.

Así lo cuenta Ana, la única que permaneció en el callejón número dos, ese donde descansa la Virgen del barrio: una imagen pintada sobre un muro, resguardada por un pequeño nicho que tampoco se salvó del fuego cruzado.

“Aquí estoy para contar lo que vivimos. Fuimos muy pocas las personas que nos quedamos; de quienes sobrevivieron conmigo, algunas personas ya murieron”, pronuncia una habitante que resistió en una zona en la que se disputó, lo que ella misma dice, fue una guerra.

En el lugar se aprecia mucha basura y un abandono real. Foto: Daniela Cervantes

Radiografía de una colonia

Antes de entender por qué la colonia se volvió atractiva para el crimen organizado, es importante profundizar en cómo se formó y qué heridas cargaba antes de que las familias se desplazaran.

Vista a través de Google Maps, la Nuevo México parece un error de planeación. Desde la calzada Gustavo A. Madero, las casas pequeñas comienzan a trepar el cerro, como brotando de la tierra sin un trazo previo. De abajo hacia arriba, o de arriba hacia abajo, no se sabe muy bien cómo ni desde cuándo las familias fueron apartando un pedazo de colina para levantar ahí su patrimonio.

Lo que se sabe es que la colonia quedó registrada desde 1935, así lo puntualiza para este reportaje el historiador Carlos Castañón. En ese entonces, explica, apenas unas cuantas casas rodeadas de terracería figuraban como asentamientos incipientes en la periferia de la joven ciudad.

Fotografías captadas en 1940 (facilitadas por el propio historiador) confirman la imagen anterior: la colonia estaba formada por pocas casas, tan dispersas entre sí, que el cerro seguía dominando el paisaje.

Fotografías captadas en 1940 ilustran que la colonia estaba formada por pocas casas, tan dispersas entre sí, que el cerro seguía dominando el paisaje. Foto: cortesía del historiador Carlos Castañón

La Nuevo México nació al mismo tiempo que otras colonias obreras del poniente de Torreón, todas ligadas a las fábricas y al ferrocarril, motores económicos que en esa época marcaron la expansión urbana de la región.

Ese origen industrial también dejó una herida geográfica: las colonias quedaron partidas por los rieles, y esa división, apunta Castañón, se convirtió con los años en un problema de incomunicación para muchos habitantes del otro lado.

Hoy, la separación es más evidente: una barda de concreto refuerza la frontera física y simbólica entre los barrios que crecieron unos a espaldas de otros. Como ocurrió con la Vencedora, la Antigua Aceitera o la Nueva Aurora, la Nuevo México se formó sobre terrenos “ganados” al ferrocarril. Lo que se traduce en invasiones, asentamientos irregulares y trazos improvisados.

De ahí su fisonomía desordenada, sus calles que no siguen una lógica recta ni una cuadrícula reconocible. Ahí no hay manzanas perfectas ni alineaciones simétricas. Ahí, el orden, expresa el historiador, es precisamente el desorden.

Ese crecimiento irregular no fue sólo urbano, sino también social. La colonia se fue construyendo con lo que había: esfuerzo, trabajo, cercanía con las vías, y una relación directa con la tierra del cerro. Décadas después, esa misma condición, periférica y fragmentada, la volvió vulnerable cuando la violencia entró sin permiso y se asentó en sus callejones.

Las consecuencias se traducen en que hoy, según el Instituto Municipal de Planeación y Competitividad de Torreón (IMPLAN), de las 128 viviendas que están registradas en el sector, sólo 55 están habitadas, es decir, casi el 60 por ciento del parque habitacional permanece vacío. Huella palpable del desplazamiento forzado interno.

Un programa fallido se emprendió en el 2014 por los tres órdenes de gobierno para rehabilitar el tejido social y urbano de sus laberintos. “Fallido” porque bastó un recorrido por el barrio para constatar que doce años después del intento de rescate, la colonia permanece en el olvido. Entre sus calles se levantan casas destruidas, memorias fracturadas, pero eso sí, una comunidad que, pese a todo, como Ana, insiste en seguir enterrando su ombligo en la tierra.

La Nuevo México está registrada oficialmente desde 1935. Foto: Daniela Cervantes

Servir para sobrevivir

Permanecer en la Nuevo México significó aprender a convivir con el miedo, adaptarse a la violencia cotidiana y, en algunos casos, cruzar fronteras dolorosas para seguir con vida.

Ana narra cómo fue que sobrevivió dentro de una colonia que fue disputada por el “narco”. No lo cuenta con orgullo, incluso sus ojos se le llenan de agua y en la garganta se le forma un nudo. Confiesa que ella la libró porque su instinto de sobrevivencia la llevó a servirle de alguna manera a “los malos”.

Tanta fue su desesperación, que la mujer, que en ese entonces se dedicaba a limpiar casas y sacaba adelante a su hijo como madre soltera, comenzó a lavarles la ropa y servirles comida a quienes meses antes les habían arrebatado la paz.

Porque dice que, aunque la Nuevo México es un barrio donde siempre se ha vendido droga, nadie los había perturbado a tal grado de transformar la colonia en un campo minado.

Con pesar recuerda que su hijo, hoy de 18 años, en los años más cruentos solo repetía una alerta aprendida demasiado pronto: “mamá, mamá, ahí vienen las motos, ¡pum, pum, pum!”, mientras con su manita trazaba en el aire la forma de una pistola.

“Y mire, ahí nos escondíamos, ¿Pa’dónde corríamos hija?”, dice apuntando con su dedo índice un pequeño pasillo afuera del baño. Agrega que los dos vieron, sin querer, cómo mataban a gente con un disparo en la cabeza.

Ambos cargan con los estragos de todo lo que vieron. Su hijo se volvió retraído, aunque estudioso, casi no habla. Es tímido. Ella conserva la calidez en el trato, pero en sus ojos se asoma una hondura que delata el dolor: una tristeza persistente que, parece, se le quedó a vivir en su rostro.

En algún punto se sintió culpable por no poder sacar a su hijo de ahí, “perdóname mijo por tenerte en la maldad”, recuerda que le llegó a decir.

“¡Feo, feo! que estaba señorita, parecía una película, pero no, era la vida real”, reitera Ana, que en esos tiempos cuando salía a trabajar tenía que dejar su casa a merced de ellos, pero ¿quiénes son ellos? No dice nombres, sólo los describe como “muchachitos dedicados al narco” que no rebasaban ni los 20 años. Unos niños con metralleta y pistola a quienes les tuvo que suplicar que no la mataran.

“A mí me juzgaron mucho, dijeron que yo estaba con los chapitos porque les cocinaba o les lavaba la ropa. Pero ¿qué hacía? Mi hijo estaba chiquito. Ellos me llegaron a preguntar que cómo me podían pagar, y yo les decía ‘páguenme dejándome mi vida’. Y que si me veían a mí o mi niño, no nos hicieran nada”, lamenta Ana.

Aun así, tenía que andar con cuidado porque sin importar la hora “se soltaban los balazos […]. Cuando nos agarraba una balacera, algunas vecinas nomás escuchábamos ‘agáchense hijas de su puta madre’, y nosotras nos echamos de panza. Así nos salvamos varias veces. Los balazos duraban minutos, pero para nosotros ese tiempo se nos hacía eterno”.

Ana María Zapata, una mujer que aún en el pico más alto de la violencia no abandonó su casa. Foto: Daniela Cervantes

No era vida: lo que vivieron fue una pesadilla. Desaparecidos, muertos y mucha gente enferma de los nervios. Ana dice que a algunos de sus vecinos les dio diabetes de tanto susto. Ella se agarró “de su madre santa”, la Virgen Morena a la que cada 12 de diciembre le reza y le hace 40 kilos de tamales. La fe, dice, fue la que la sostuvo… y la sostiene.

Atravesó sucesos inenarrables. Y, aun así, la mujer de cabello castaño claro y cola de caballo ama su colonia. Por eso, cuando el gobierno anunció en el 2014 que la rescatarían, ella se entusiasmó y se sumó a la flotilla de vecinos que ayudarían a liderar las obras.

Sin embargo, la casa de Ana recibió sólo pocas mejoras. Casi todo lo que se ha invertido para mantenerla en pie ha salido de su bolsa. Lo dice sentada a la mesa situada en el espacio que alguna vez ocuparon los hombres que fracturaron la colonia. Ahí, ellos también se sentaron y también, desde ahí, sembraron el miedo.

La casa de Ana es sólida, de cimientos firmes, las mismas características que la describen a ella, porque, aunque le temblara el alma, fue estoica cuando se tuvo que defender de ellos.

– ¿Ya los perdonaste?

“Sí, porque ellos se hicieron malos, porque los obligaron, los golpearon”. Detectó en varios una carencia de amor de madre. A estas alturas no le importa que la juzguen, sabe que lo único que intentó y sigue intentando, es continuar viviendo.

Pasó la violencia, quedaron las heridas y el olvido institucional, pero Ana no se va. En la Nuevo México reina la ausencia, y aun así ella permanece. No se mueve porque ahí está su vida entera y porque, así como lo registrara la artista Martha Chávez en su obra escénica, su ombligo, como el de muchos de la colonia, quedó enterrado en esa tierra.

Actualmente no existe voluntad política para rescatar las casas dañadas de la colonia. Foto: Daniela Cervantes

De ser noticia internacional al olvido

Luego del tsunami de violencia que arrasó la colonia, en 2014 se anunció el programa “Recolonización de la Colonia Nuevo México. Primera Etapa”, cuyo objetivo era rehabilitar viviendas y propiciar el retorno de al menos cien familias a sus domicilios. El proyecto fue impulsado por el gobierno priista que entonces encabezaban Rubén Moreira Valdez en el estado y Miguel Ángel Riquelme Solís en el ayuntamiento de Torreón.

La noticia encendió una esperanza entre sus habitantes, e incluso en todo Torreón. Se dijo entonces que sería un modelo nacional de reconstrucción del tejido social de las zonas que fueron golpeadas por el crimen organizado.

Una vecina, que pidió mantener el anonimato, recuerda que durante esos meses la colonia se llenó de cámaras y micrófonos. Medios locales, nacionales e incluso internacionales caminaron los mismos callejones que antes funcionaron como trinchera. El barrio volvió a existir, al menos por un momento, en la conversación pública.

“Nos convocaron a regresar, a recuperar nuestras casas”, relata la vecina a la que llamaremos María. Ella salió de la colonia en pleno pico de violencia, tiempo en el que dice, mataron a su cuñada.

Aunque no quería, se vio obligada a pagar renta en otro sector de la ciudad mientras su casa quedaba vacía. Volvió cuando el ruido de las balas disminuyó, precisamente en el 2014, año en el que arrancó el programa de rehabilitación.

Recuerda que personal de Desarrollo Social levantó censos, recorrió viviendas dañadas y habló de un proyecto integral que se ejecutaría por etapas. Se mencionaron millones de pesos, no recuerda cuántos. Pero de manera oficial, según un informe sobre la Situación Económica, las Finanzas Públicas y la Deuda Pública del estado de Coahuila, la inversión, para esa primera etapa, fue de $5,030,275.

Lo que María sí recuerda es que les dijeron que el rescate sería profundo y los habitantes de ese sector tendrían una segunda oportunidad. Durante meses hubo reuniones dominicales con funcionarios y técnicos. La expectativa creció, pero, dice, el impulso se fue diluyendo.

“Sí hubo ayuda, pero fue muy por encimita”, expresa María. En muchas casas la rehabilitación se redujo a pintura, parches mal hechos o enjarrados superficiales.

Con el paso del tiempo la gente se desanimó. Quienes ya habían hecho vida en otros puntos de la ciudad decidieron no volver. El acompañamiento institucional se diluyó hasta desaparecer, al igual que el gran proyecto de rescate.

El programa “Recolonización de la Colonia Nuevo México. Primera Etapa”, anunciado en el 2014 fracasó poco después de haber arrancado. Foto: Daniela Cervantes

María no regresó por el programa ni por las promesas. Volvió por algo más antiguo y más hondo: porque ahí estaba su historia completa. Incluso, su madre, que aún vive en la colonia, fue una de las pocas adultas mayores que nunca se salieron de su casa, y de las que sostuvo el barrio mientras este era desplazado.

“Regresé ahora sí, como dicen, a donde está mi ombligo” afirma, con la frase que sostiene la tesis: la Nuevo México persiste gracias al arraigo de su gente.

El abandono que atrajo violencia

Antes de los disparos, las balaceras y el desplazamiento forzado interno hubo otra forma de violencia más silenciosa en este barrio: el abandono.

Durante décadas, el poniente de Torreón acumuló rezagos: desempleo persistente, trabajos informales mal pagados y trayectorias escolares truncas. En ese contexto, la Nuevo México se volvió un espacio atractivo para el crimen organizado, más que por su geografía, por su vulnerabilidad.

Lo anterior es un punto analizado en el libro “Socio-historia del barrio y sus violencias: Estudios de género, violencia y vulnerabilidad social en seis colonias del sur de Torreón”, elaborado por el Centro de Estudios Interdisciplinarios y Desarrollo Integral de La Laguna (CEIDIL).

En el material se lee que estas condiciones crearon un entorno donde el narcotráfico encontró refugio y mano de obra barata. Jóvenes sin opciones claras, con pocas posibilidades de continuar estudiando o acceder a un empleo formal, se convirtieron en presas fáciles para organizaciones criminales que ofrecieron dinero rápido, pertenencia y una identidad armada.

En ese sentido, la violencia que marcó a la Nuevo México no fue un hecho aislado, sino la expresión de un fenómeno más amplio que atravesó todo el poniente de Torreón.

Sin embargo, más allá de los diagnósticos académicos y de las explicaciones estructurales, la historia del barrio no se entiende del todo en estadísticas ni en informes: se revela, sobre todo, en las voces de quienes lo caminan, lo habitan y lo resisten.

Retornar a una colonia herida

Ana María Zapata conoce la Nuevo México como la palma de su mano. Sabe de cada grieta que la violencia le abrió a su colonia. Se traslada por los cinco callejones que la conforman y mientras avanza va nombrando a los que se fueron y no volvieron. También indica qué casas fueron ocupadas por invasores.

“Mira, ella es una de las habitantes que regresó”, dice en algún punto señalando a una señora que va saliendo de su casa. En cuanto se cruzan, Ana la saluda con familiaridad y luego la alienta a que cuente su historia.

“Cuéntele su historia a mi amiga. Dígale por qué se fue Lupita”.

“¿Por qué nos fuimos? Porque nos asustaron. Estuvo muy feo”, responde espontáneamente la señora de blancos cabellos. Cuando se pusieron malos los tiempos, recuerda que las balaceras podían estallar en cualquier momento. “Los balazos caían de aquí y de allá. Uno miraba muertos por todos lados. Todo eso nos enfermó”.

El miedo se volvió enfermedad. La señora Lupita cuenta que le dio diabetes, ansiedad, “me enfermé de los nervios”. La violencia no sólo desplazó cuerpos, también los mató. Cuenta que su hermana Marcela y su tía murieron del terror. Ya no supieron vivir después de todo lo que vieron.

“Murieron del miedo, de pura ansiedad. La depresión nos acabó feo”. Su familia nuclear se tuvo que ir a rentar casa a otro lado. Su esposo no quería abandonar el barrio. “Nosotros no debemos nada, ¿por qué nos vamos a ir?”, recuerda que le pronunciaba.

Sin saberlo, Lupita y los suyos se convirtieron en víctimas de desplazamiento forzado interno, un fenómeno que hasta la fecha no tiene un reconocimiento formal ni garantías efectivas de reparación en Coahuila. Huyeron de su propio hogar dejando a la deriva la casa que tanto les había costado levantar.

“Junto con mi esposo trabajé mucho para hacer esta casa”. Como varios vecinos del sector, ellos también levantaron piedra a piedra su morada. Por eso, luego de siete años de haberse expulsado del barrio, regresaron.

Hoy, la señora de 70 años de edad vive de nuevo en uno de los callejones donde sucedieron los actos atroces. Su esposo falleció y hoy comparte la casa con sus hijos y nietos. Aunque ya no la amenazan las balas, sabe que regresó a habitar una colonia olvidada.

“La veo muy apagada, muy triste. Ya no es la que era antes”, expresa la habitante con cierta nostalgia.

Lupita simboliza el arraigo encarnado, porque, ¿Quién regresa a vivir a una colonia que agoniza?

Lupita y los suyos se convirtieron en víctimas de desplazamiento forzado interno, un fenómeno sin un reconocimiento formal ni garantías efectivas de reparación en Coahuila. Foto: Daniela Cervantes

Los que se fueron para no volver

También hubo personas que no volvieron. Uno de ellos es Carlos Muñoz, ex vecino de la colonia, que con pesar huyó del barrio. Hoy tiene 37 años, se fue cuando tenía 22.

Sentado en el comedor de la casa de Ana, habla con una mezcla de aflicción y de alivio. Antes de la violencia, manifiesta, la vida en la colonia era otra cosa. Un barrio donde todos se conocían, y donde la pobreza no anulaba la alegría.

“Todo estaba bien bonito, todo muy unido. Todos éramos bien trabajadores; todo era felicidad”, recuerda. Él vendía dulces y también trabajó en un puesto de gorditas. Su mundo era la canchita frente a su casa, los vecinos, que eran como familia y las rutinas sencillas que sostenían su vida.

Concuerda con Ana en que la primera fractura que sufrió el barrio se produjo luego del asesinato de Crucito: “A todos nos marcó porque fue la primera balacera”.

En ese sentido, Carlos guarda en su memoria la escena de una tarde que caminaba por el callejón cuando decidió volver a su domicilio a buscar un encendedor, “fumaba mucho en ese tiempo”, dice. Mientras transitaba de regreso, abajito de su callejón estalló una balacera.

“Fue cuando mataron a Lourdes (voltea para decirle a Ana). Si no me hubiera regresado por el encendedor, me hubiera tocado a mí. Ahí fue cuando dije: ya no se puede vivir aquí”, lamenta Carlos.

Otra de las escenas que lo hizo huir de su colonia fue que varias veces a la hora de la comida, cuando comenzaban los balazos, su abuela se dejaba caer al piso. Ese acto lo entristecía. Ya no tenían calidad de vida, por eso se fueron.

Él fue el primero de su familia que se desplazó porque la colonia quedó aislada: los camiones dejaron de pasar y los taxis ya no querían entrar. La Nuevo México se volvió un territorio temido.

Actualmente muchas casas están destruidas y la esperanza que retornen las familias de desdibuja con los días. Foto: Daniela Cervantes

Para su familia el desplazamiento no fue una mudanza, sino una expulsión. Su casa fue intervenida y saqueada por integrantes del crimen organizado. Cuando regresaron, ya no quedaba nada.

Actualmente tiene la casa rentada, pero por ella recibe apenas 300 pesos al mes. Nadie está dispuesto a pagar más: la violencia dejó una marca irreversible. Y venderla, dice, es menos que una opción. ¿Quién invierte en una colonia acechada por el fantasma de la violencia?

Para Carlos la tristeza de dejar atrás el lugar donde pasó su infancia fue profunda, aunque con el tiempo su vida tomó otro rumbo: “Sí, fue triste, pero para mí, salirme fue para bien. La neta, a mí sí me fue bien, pero sé de muchos a los que les fue mal”.

Admite que ya no piensa volver. A la Nuevo México la observa como un barrio encapsulado en el tiempo. “Es el otro Torreón, el verdadero”, expresa.

A pesar de todo, y ahora que retornó al barrio para realizar esta entrevista, Carlos confiesa que se ha soñado entre los callejones donde forjó su infancia. En esa narrativa mental, revela, observa que regresa.

“Tal vez porque también enterraron mi ombligo en esta tierra”, dice entre risas el ex habitante de una colonia que persiste en Torreón como una herida abierta.

Carlos es un ex habitante que se fue del barrio para no volver. Foto: Daniela Cervantes

Víctimas no reconocidas

A los habitantes de la Nuevo México la violencia intentó arrancarlos de su tierra. Las historias de Ana, María, Lupita y Carlos encajan en una categoría que en México sigue siendo incómoda de nombrar: el desplazamiento forzado interno, un fenómeno todavía sin reconocimiento pleno.

A nivel federal, el país carece de una ley general vigente que lo regule. Actualmente sólo cinco entidades federativas reconocen y cuentan con legislación específica para la prevención y atención de este fenómeno: Chiapas, Guerrero, Sinaloa, Zacatecas y Oaxaca.

En Coahuila, el desplazamiento forzado interno aparece mencionado dentro de la Ley de Víctimas para el Estado de Coahuila de Zaragoza, que fue publicada en 2014, justo el año cuando comenzó a disminuir la violencia en la Nuevo México.

La figura aparece en el Artículo 7, dentro del principio de «Enfoque diferencial y especializado», donde se establece que las autoridades ofrecerán atención, garantías y medidas de protección especiales a grupos expuestos a un mayor riesgo de violación de sus derechos, incluyendo a las personas en situación de desplazamiento interno.

Sin embargo, ese reconocimiento normativo nunca se tradujo en atención, registros ni reparación del daño para los habitantes de la Nuevo México. La ley se imprimió en papel, pero no llegó a quienes huyeron, resistieron o regresaron.

Ricardo Martínez Loyola, titular de la Comisión Ejecutiva Estatal de Atención a Víctimas de Coahuila, explica que la Comisión no clasifica ni reconoce por sí misma los casos de desplazamiento forzado. Esa determinación, precisa, también corresponde al Ministerio Público, a través de la Fiscalía del Estado, desde el momento en que se recibe una denuncia y se integra una carpeta de investigación. Sin denuncia formal bajo esa categoría, entonces, indica, no hay registro.

La Nuevo México es una colonia ubicada en el poniente de Torreón que aún tiene secuelas de la violencia. Foto: Daniela Cervantes

Por ello, los datos con los que cuenta la Comisión no reflejan el universo real de las personas desplazadas en el estado, sino únicamente aquellos casos que llegan canalizados por la Fiscalía o en los que las propias víctimas acuden a solicitar atención.

Actualmente la Comisión tiene registradas únicamente a siete personas en situación de desplazamiento forzado interno, todas consideradas víctimas indirectas de desaparición: cinco originarias de Allende, una de Torreón y otra de Monclova.

El titular reconoce que esa cifra refleja un sesgo evidente en el registro. En ese sentido, admitió que quedan fuera múltiples escenarios: personas que denuncian amenazas, allanamientos o lesiones sin encuadrar su caso como desplazamiento; quienes abandonaron su vivienda por miedo sin presentar denuncia formal; víctimas atendidas por otras instancias; o aquellas que optaron por recurrir a asesoría jurídica privada.

Martínez Loyola explica que a esa fragmentación se suma un obstáculo más profundo: muchas personas que huyen de la violencia no se reconocen a sí mismas como víctimas de desplazamiento forzado. Abandonar la casa suele entenderse como una decisión para resguardarse, no como una violación a sus derechos. Esa falta de autoidentificación, dice, impide denunciar, solicitar atención y, en consecuencia, acceder a cualquier tipo de apoyo.

Desde la perspectiva institucional, el fenómeno existe y ha ocurrido en distintas regiones del estado, incluida la colonia Nuevo México en Torreón. Es decir, no se niega su presencia, pero se admite que no existen parámetros claros ni estudios amplios que permitan diferenciar con precisión cuándo una salida del domicilio obedece a un desplazamiento forzado y cuándo responde a otras causas. Definir esos límites, reconoce el titular de la Comisión, es clave para atender el problema sin reducirlo ni invisibilizarlo.

En el caso específico de la Nuevo México, la Comisión Ejecutiva Estatal de Atención a Víctimas no tiene registro claro de haber intervenido. Cualquier acercamiento institucional, de haber existido, dependió de que las personas afectadas hubieran denunciado formalmente su situación bajo esa categoría, y en los hechos, eso no ocurrió.

Según un ex habitante que se fue para no volver, nadie quiere pagara más de 300 pesos de renta al mes en la Nuevo México, mucho menos las casas tienen oportunidad de venta. Foto: Daniela Cervantes

En ese sentido, a casi dos décadas de que la violencia estallara en la Nuevo México, los testimonios revelan que a la fecha no existen políticas públicas sostenidas ni tampoco voluntad institucional para blindar, a través de una reparación del daño, a los habitantes de esa colonia del poniente de Torreón.

En un último recorrido por el sector junto a una de sus habitantes, subiendo hasta lo más alto del cerro se observa cómo el teleférico de Torreón sobrevuela la Nuevo México.

“Aquí ya viven más gatos que personas”, expresa María, la vecina que quiso permanecer en anonimato, precisamente cuando pasa una colonia de estos animalitos por uno de los laberintos.

Apenas unos metros más arriba se levanta el Cristo de las Noas, una imagen religiosa icónica que, con los brazos extendidos, parece custodiar la ciudad. Sin embargo, su mirada no llega hasta esos callejones heridos donde mujeres como Ana, María o Lupita, reconstruyen su vida sin amparo. La Nuevo México sigue en pie, pero no por el Estado, sino por sus propios habitantes. Es una cicatriz viva que se resiste a desaparecer porque ahí quedó enterrado el ombligo de su gente, un ritual ancestral que representa la sustancia de su historia.

En un último recorrido por la colonia una vecina expresó que en el sector ya viven más gatos que personas. Foto: Daniela Cervantes

“Promovido por el Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo”.

Cuatro años sin Irma Galindo, la defensora desaparecida por defender su bosque y las comunidades que se desplazaron

Este reportaje forma parte del proyecto «Desplazamiento forzado, una herida sin sanar en México»

Por Diana Manzo
Istmo Press

El 27 de octubre de 2021, Irma Galindo Barrios tenía 41 años. Desapareció en Ciudad de México en un contexto de conflicto comunitario en las localidades del municipio de San Esteban Atatlahuca, en el estado de Oaxaca, lugar en donde vivía y realizaba su labor de defensa de los bosques, que ha dejado un saldo de más de 100 casas quemadas y 300 habitantes desplazados, sin que tengan fecha de retorno.

Ese día, la guardabosques Ñuu Savi -mujer mixteca- fue vista por última vez en la Ciudad de México. La poca información existente es porque envió mensajes a sus amigas. Les contó que iba a una junta con el Mecanismo de Protección del Gobierno de México, organismo que ya le había otorgado protección y resguardo por las amenazas, criminalización y violencia que vivía.

La lucha de Irma por San Esteban Atatlahuca y la de tres pueblos más – Ndonoyugi, Mier y Terán y Guerrero Grande- pertenecientes al municipio de San Esteban Atatlauca, en la mixteca alta de Oaxaca era porque sus propias autoridades talaban árboles de maderas preciosas, para venderlas en el municipio mixteco de Tlaxiaco y otras zona de Oaxaca.

Los Ñuu Savi o mixtecos -uno de los 68 pueblos originarios que tiene México- se autodenominan como “pueblo de la lluvia” porque tienen una vinculación directa con sus montañas. Junto a su lengua, el territorio es su recurso más importante para seguir preservando su cultura.

La guarda forestal caminaba por los lechos del bosque y encontraba alivio a sus aflicciones. Escuchaba las aves cantar, veía los venados cola blanca cruzarse entre los senderos y apreciaba los frondosos pinos rojos de ocote y abetos blancos de la montaña “Yuku” que ahí crecían, eso le bastaba para sentirse libre y segura.

Estos pueblos que Irma, mujer de cabello negro y estatura media, recorrió en muchas ocasiones para evitar la tala ilegal y que después fueron su hogar, siguen luchando con sus vidas para que sus colinas verdes, que forman el cerro del Ratón y el llano de Oyameles, sigan siendo el pulmón de esa región de Oaxaca.

A Irma nada ni nadie la detenía, así era ella, mujer aguerrida. Su esperanza era que algún día los aserraderos: el único legal, uno comunitario y otros ilegales, dejaran de cortar madera y venderla. Para ella, talar árboles era un acto dañino, no solo para el medio ambiente, para la propia tierra. “Al talar se nos va la vida”, repitió varias veces durante entrevistas otorgadas a diversos medios. La ambientalista comunitaria se refería a ese espacio natural como su hogar, su todo.

Dedicaba rituales para pedir que todo regresara a su estado anterior. “La tierra está dolida, pero resiste de todo lo que le hacen, oro por el bosque y por esta tierra”, contó Irma.

Cansada de que las autoridades locales la ignoraran, en 2018 presentó denuncias por el saqueo de madera ante la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) en Oaxaca y ante la Vicefiscalía Regional de la Mixteca. La Profepa convocó a reuniones, pero nada ocurrió. Al preguntar a la Dirección General de Inspección y Vigilancia Forestal (DGIVF), informó que desconoce las denuncias que existen ante los Ministerios Públicos.

Tras denunciar comenzaron a hostigarla y amenazarla. Autoridades y presuntos responsables la llamaban loca y bruja por defender su bosque. El 10 de noviembre de 2019 fue incendiada su casa y todo lo que había al interior: obras de arte, ropa típica y los tesoros de toda su vida. En la misma fecha fueron incendiadas alrededor de 10 casas más de su comunidad. Los comuneros responsabilizaron al presidente municipal y a las autoridades comunitarias.

Tras ese hecho violento y quedarse sin casa, Irma desapareció. Fue la primera vez que abandonó su territorio, pero al no conocer su paradero, se le consideró como desaparecida. La Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca (DDHPO) confirmó que el 10 de noviembre de 2019, se inició una investigación de oficio con el expediente DDHPO/CA/010/TX(25)/OAX/2019 y solicitó a la Fiscalía General del Estado que iniciara una carpeta de investigación para su localización.

Nueve días después, el 19 de noviembre del 2019, apareció y aclaró que su ausencia fue por autoexilio, para evitar que le quitaran la vida. Posteriormente vivió desplazada en la montaña por dos años. Defendió su bosque con mujeres y hombres de tres comunidades -Ndonoyuji, Guerrero Grande y Mier y Teran-, a quienes les enseñó a resistir labrando la tierra, cuidando los árboles y recuperando sus textiles a través de la elaboración de prendas de manta.

Esas fueron sus últimas resistencias previo a su desplazamiento a la Ciudad de México, en donde se dejó de saber su paradero.

Irma Galindo Barrios es una defensora comunitaria del bosque Ñuu Saavi. Ella junto con pueblos que hoy viven desplazados buscaban un mejor futuro ambiental para su comunidad, luchando por su bosque y conservando sus tradiciones. Lleva más de cuatro años desaparecida. Foto: Diana Manzo

Por defender nuestro bosque nos desplazaron

“Defender nuestro bosque de la tala ilegal y masiva no debería ser motivo para vivir desplazada”, cuenta con tristeza Sebastiana Paz Bautista, originaria de Ndonoyugi, Oaxaca, una de las tres comunidades mixtecas, junto con Guerrero Grande y Mier y Terán, que viven desplazamiento forzado desde el 2021.

Dichas comunidades, habitadas por indígenas Ñuu Savi (mixtecos), pertenecen al municipio de San Esteban Atatlahuca, localizado a más de 3000 metros de altura, resguarda 2,500 hectáreas de bosque rico en abeto blanco, que es ambicionado por los talamontes, personas dedicadas a la tala ilegal, corte y extracción de árboles y recursos forestales sin la autorización de las autoridades.

Sentada sobre una silla de plástico en el albergue del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI) en Tlaxiaco, Oaxaca, donde vive refugiada desde hace cuatro años junto con otras 65 personas, una mujer que ronda los 50 años recuerda cuando personas afines al Movimiento de Unificador de Lucha Triqui (Mult) llegaron a su pueblo y les arrebataron la paz y su patrimonio.

“Fue algo muy brutal lo que nos ocurrió aquel 23 de octubre del 2021, cuando un grupo de personas armadas quemó 132 viviendas, 92 en Guerrero Grande y 40 casas en Induyunujia, y desde entonces no hay retorno seguro. Las autoridades prometen, pero no hay garantía de que estaremos a salvo”, expresa con pesar la mujer que elige no ser identificada.

Mujeres, niñas, niños, adolescentes y adultos mayores se reúnen para tejer mientras añoran el retorno seguro a sus comunidades. Foto: Diana Manzo

Agrega que, a pesar de las recomendaciones emitidas al Estado mexicano y al Gobierno de Oaxaca por la Comisión Interamericana para el Desarrollo, así como la Acción Urgente emitida por el Comité Contra la Desaparición Forzada, nada ha ocurrido, siguen viviendo en situaciones no deseadas.

La mujer que ha defendido a su comunidad sin importar la criminalización ni las amenazas, asegura que llevan cuatro años intentando sobrevivir en esta situación de desplazamiento.

“Las mujeres, niñas, niños y personas de la tercera edad son los más vulnerables al ataque, ya lo hemos denunciado y exigimos protección, porque nos han amenazado”, señala.

Las mujeres desplazadas exigen que la educación se cumpla, se respete como un derecho humano, agrega, “desde acá, afuera de nuestra comunidad, luchamos para que nuestras niñas y niños vayan a la escuela, reciban sus vacunas, y tengan dinero. Nada ha sido fácil. Acá lloramos, nos abrazamos, pasamos nuestros cumpleaños y hasta fin de año”.

Además, señala, conocen muy bien a los protagonistas de la violencia. “Sabemos con nombres y apellidos; las autoridades también saben quiénes son los involucrados de toda esta violencia que vivimos, pero no hacen nada. Cumplimos un año desplazados, pero ya no queremos más años, nuestra petición es volver a nuestras casas a seguir cosechando nuestra milpa y hacer vida allá donde nacimos, donde todo era bueno y puro”.

Sin otra opción, niñas y niños acuden a la escuela de Tlaxiaco. Han expuesto en papeles y dibujos su sentir: “Nosotros los niños exigimos”, es la leyenda de un cartel tapizado con sus cartas y dibujos en los que exigen volver a sus hogares sanos y salvos.

“Me corrieron a balazos, destruyeron mi comunidad, salí lejos de mi pueblo y me quemaron todas mis cosas y las de mi familia, nos quedamos sin nada”, expresa la carta de un niño mixteco que vive desplazado en ese refugio temporal de Tlaxiaco, que acompaña el Centro de Derechos Humanos y Asesoría de los Pueblos indígenas (CEDHAPI, AC).

En estas casas de lámina y de cartón viven las familias desplazadas desde hace más de cuatro años.
Foto: Diana Manzo

La Fiscalía General del Estado de Oaxaca informó que se iniciaron carpetas de investigación por la desaparición de cuatro personas, derivado de la violencia que hay en las tres comunidades. El 25 de octubre de 2021 elementos de la Agencia Estatal de Investigaciones localizó el cuerpo sin vida de una persona en el paraje Shinitoo, de la Agencia (comunidad) de Ndoyonuyuji, por el que abrió la carpeta de investigación 35213/FMIX/TLAXIACO/ 2021 por el delito de homicidio.

De acuerdo con un análisis realizado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en el mundo hay 82 millones de personas desplazadas forzadamente, lo que equivale a un aumento del 4 por ciento sobre el 2019.

En su informe 2020, el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA) informó que 16 ambientalistas fueron asesinados en México y que en ese mismo año hubo alrededor de 90 agresiones contra activistas en 65 ataques distintos.

Bordar para no olvidar

En una pared del refugio se aprecia un cartel grande con la inscripción: “Desplazados por la defensa de los bosques”. Está rodeado de proclamas y una manta que bordaron como señal de resistencia y para no olvidar lo que vivieron, lo que viven y lo que añoran.

En este refugio ubicado en Tlaxiaco, Oaxaca las niñas y niños juegan y han aprendido a sobrevivir. Un letrero grande reafirma el desplazamiento que viven y su lucha por el bosque. Foto: Diana Manzo

Ilse Riaño Paz tiene 30 años y 2 hijos. Dice que para ella bordar es una forma de resistir, y así ha sido durante este tiempo que viven desplazados.

En la manta de dos metros por un metro, el grupo expresó su sentir. Dividieron sus bordados en tres momentos. En el primero muestran las casas quemadas y la violencia que significó el desplazamiento. En el segundo plasmaron la actualidad, cómo viven en un espacio donde no pueden realizar todo lo que quisieran, pero no hay otro modo de vida. En el tercero, se imaginan retornando a su comunidad, donde la paz, la alegría, y la resistencia sean las formas de vivir.

Ilse asegura que desde que llegaron se organizaron y con la ayuda de un artista visual -también desplazado- comenzaron a bordar, tanto mujeres como hombres.

“Lo que quisimos hacer es mostrar quiénes somos. Vimos lo duro que es vivir desplazados y pensamos que (bordar) es una forma de obtener recursos. Vivimos desplazadas y desplazados y bordar eso que sentimos, es justamente para reafirmar nuestra identidad, decirles quiénes somos y qué estamos haciendo acá, en este lugar”, describe.

Mujeres tejen sus flores que admiraban en su bosque, y lo hacen para no olvidarlas. Foto: Diana Manzo

Con hilos de algodón de varios colores, agujas delgadas, manta y bastidores de madera tipo aro, las mujeres tejen blusas tradicionales de Atatlahuca Oaxaca, un municipio ubicado en la zona norte de la mixteca oaxaqueña.

Cielo también salió huyendo de su comunidad y es amiga de Irma Galindo. Considera que tejer significa “no olvidar”. Asegura que fue gracias a la guardabosques que retomaron estos textiles como una forma de nombrar lo que otros quieren que olviden, que es su cultura, su pueblo, y su propia identidad.

El arte textil de la comunidad de Atatlahuca es distinguido por grecas de colores vivos: rojo, verde y fuschia, tejidas sobre tela de manta color natural. También han elaborado flores y frutas que los distinguen como comunidad y ahora están representadas en un bordado.

Tejer para no olvidar. Así ven pasar sus días las mujeres de Ndoyonuyuji. Bordan orquídeas, Ita Saa, Xinu, Ita tyanuni, Yoko itu, entre otras. Son flores con nombre en mixteco para no olvidar su bosque y su vida que dejaron por la violencia hace 4 años. Foto: Diana Manzo

El bosque es vida

El municipio de Atatlahuaca, Oaxaca, está dividido por 9 agencias municipales, (representaciones del Ayuntamiento en las comunidades) de las cuales, Guerrero Grande, Mier y Terán y Ndoyonoyuji se opusieron a la tala clandestina en 2 mil 640 hectáreas de bosque, actividad que aseguran, encabezó el presidente municipal Rogelio Bautista Barrios y el comisariado ejidal Eulogio Alvarado, a quién culpan de la violencia que actualmente viven.

En declaraciones públicas, la autoridad local ha negado cualquier hecho que se le acusa, e incluso, ha justificado la situación diciendo que en la cabecera municipal también hay otras personas desplazadas, por lo que ha exigido la intervención de las autoridades federales y estatales de forma urgente.

Magdiel Hernández Caballero, activista especializado de la defensoría de los derechos humanos del pueblo de Oaxaca, asevera que lo que viven las tres comunidades de Atatlahuca es una situación que se dio por la defensa del bosque, posteriormente por un tema agrario de disputa de tierras, y por la exigencia de recursos de los ramos federales 28 y 33, porque no ha habido obras sociales para las tres comunidades. Es decir, se requiere apoyo a la salud, calles rehabilitadas y apoyo para el campo.

“Todo ha sido muy triste y preocupante, porque de la nada todo lo perdimos. Yo extraño mi ranchito, mis gallinas, mis cultivos de maíz, frijol y calabaza. Acá en Tlaxiaco es otra forma de vida, todo es distinto”, lamenta Hernández Caballero.

Ley de desplazamiento forzado es de papel

En septiembre del 2025, Oaxaca nuevamente hizo historia al avalar desde el Congreso local la “Ley para Prevenir, Atender y Reparar Integralmente el Desplazamiento Forzado Interno”.

Pedro Hernández Bautista desplazado y representante de los refugiados de Ndonoyuji, explica que a pesar de sus denuncias y exigencias no saben nada de su retorno. Está enterado de la aprobación de la ley, sin embargo, asegura que pareciera que solo es “de papel”, pues a cuatro meses, no hay avances de tener un retorno seguro a sus comunidades.

“De nada sirve que exista una ley si todo es de papel, es decir, no hay nada, seguimos sobreviviendo con nuestros medios y como se pueda. Sí es algo muy complicado, porque a veces el personal del INPI nos dice que acá solo es para vivir, no nos dejan sembrar nuestras hortalizas y plantas, o nos dicen que no podemos tener nuestros animalitos, como cerdos, borregos, gallinas o patos, pero nosotros seguimos acá, porque no tenemos otro lugar a dónde ir y eso es muy triste”, señala Pedro.

Dicha Ley castiga el desplazamiento forzado y la negativa a facilitar el retorno de las familias, asimismo brinda acceso a asistencia humanitaria, educación culturalmente pertinente, información clara, medios de subsistencia y documentación gratuita, lo que, según los entrevistados, es aplicado a medias.

“Acá si no bordamos, no hacemos una actividad, no comemos. Entonces, esta ley, reafirmamos que sigue siendo de papel. No es verdad, al menos para las tres comunidades que acá habitamos”, recalca Sebastiana Paz.

Por su parte, Maurilio Santiago, activista de los derechos humanos de la CEDHAPI, afirma que son cientos de personas indígenas mixtecas afectadas por la violencia de la zona.

“Eso que ocurrió en estas tres comunidades parece un sitio de guerra: casas quemadas, cuatro personas desaparecidas y varios desplazados, lo que nos indica que la violencia está fea en la zona. Lo que estamos haciendo es brindar acompañamiento. Ya hay denuncias y exigimos se haga una investigación exhaustiva para dar con los responsables”, apunta Maurilio Santiago.

Lamenta la falta de actuación del gobierno de Oaxaca, que en ese entonces estaba a cargo de Alejandro Murat, que asegura, no hizo nada para resolver el conflicto. Dice que es lo mismo con el actual gobierno, a cargo de Salomón Jara Cruz.

El defensor comunitario reconoció que la violación a los derechos humanos existe y es urgente que se investiguen los delitos cometidos, y que se dé cumplimiento a la acción urgente emitida por el Comité Contra la Desaparición Forzada.

A principios de este 2026, durante una conferencia semanal del gobierno de Oaxaca, Jesús Romero López, secretario de Gobierno, informó que 27 comunidades en la entidad viven desplazamiento forzado interno.

“Las familias que llevan mayor tiempo fuera de sus casas por la violencia, son las de comunidades como Río Santiago y Santiago Textitlán, ubicado en la Sierra Sur”, indicó Romero López.

En un comunicado, la titular de la coordinación para la Atención de los Derechos Humanos de Oaxaca (CADH), Flor Estela Morales Hernández expresó que la reubicación involuntaria es una realidad compleja, “requiere enfoques multidisciplinarios, marcos normativos claros, modelos de intervención comunitaria y capacidades institucionales consolidadas”.

Este año, las más de 70 personas de las comunidades de Oaxaca cumplirán cinco de vivir desplazadas, de no poder sembrar sus tierras, no cuidar de sus animales, y como lo hacían con la defensora Irma Galindo, de “evitar la tala clandestina en su bosque”.

Aseguran que la tala no cesa, aumenta, puesto que antes del desplazamiento y de la desaparición de la defensora habían denunciado la presencia de siete      aserraderos irregulares y actualmente hay más de una docena.

Para honrar su memoria, resisten, luchan y tejen. Este 2026, las más de 70 personas cumplirán cinco años de vivir desplazadas, de no poder sembrar sus tierras, de no convivir con sus vecinos y lo que más lamentan: “de no ver el bosque”.

Mientras tanto, suman más de mil 500 días sin la guardabosques, Irma Galindo. Su amiga Cielo señala que pareciera que se la hubiera tragado la tierra puesto que “no se sabe nada de ella, ni ha dado señales de que esté viva”. En las paredes de la capital de Oaxaca su nombre y rostro están inscritos con letras en grafitti para no olvidarla.

“Promovido por el Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo”.

El refugio de la imaginación: el arte como trinchera para la niñez desplazada en Sinaloa

Desplazados por la ‘narcoguerra’, niñas y niños de la sierra de Concordia sobreviven en un estado de alerta perpetuo. Entre el duelo por sus padres y el silencio de sus escuelas, la Brigada de Salud Comunitaria ha construido un refugio de resistencia: un espacio donde el cine, la danza y la lectura devuelven a las infancias el derecho a soñar con un futuro distinto al de la violencia.

Este reportaje forma parte del proyecto «Desplazamiento forzado, una herida sin sanar en México»

Por Sibely Cañedo
Red de Periodistas de a Pie

Valentín tiene ocho años. A su corta edad ya sabe lo que es huir de las balas y perder su casa.

Hasta hace unos meses vivía con su familia en una comunidad serrana del municipio de Concordia, Sinaloa, donde las nubes se rendían a sus pies y jugaba todos los días entre pinos y montañas. Pero su hogar se convirtió en el epicentro de una guerra que no alcanza a comprender y le ha arrebatado a su padre, un joven trabajador que fue asesinado a balazos sin que nadie lo esperara.

A su madre, hombres armados le han enviado el mensaje de que lo mataron “por error”, pero que ya pueden regresar porque no tienen nada contra ellos. Sola, con tres niños, se debate en la decisión de retornar a su pueblo, por el que siente arraigo, o padecer la precariedad y la falta de empleo para mantener a sus hijos, en la periferia de la ciudad de Mazatlán.

El pequeño Valentín –a quien se le llamará de esa forma para proteger su identidad– es solo uno de los rostros detrás de las cifras: más de 2 mil familias desplazadas en territorio sinaloense desde que detonó la “narcoguerra” en septiembre de 2024, un estallido que partió en dos al influyente Cártel de Sinaloa.

Desde entonces, pobladores de la sierra de Concordia viven entre caminos controlados por hombres armados, clínicas y escuelas cerradas, enfrentamientos, asesinatos, extorsiones, desplazamientos forzados y retornos inseguros.

El punto álgido se vivió en el mes de mayo del año pasado, cuando, desde drones, grupos criminales lanzaron explosivos a campamentos de sus rivales, provocando incendios forestales que se esparcieron por toda esa zona de la sierra concordense.

Esta parte de la Sierra Madre Occidental, ubicada al sur de Sinaloa, es un territorio disputado por el crimen organizado durante más de una década. Su localización estratégica, al ser paso natural hacia el estado de Durango, y su riqueza en minerales como oro, plata, plomo y zinc, lo han hecho atractivo tanto para las inversiones legales como para las actividades fuera de la ley.

Las disputas por el control territorial entre grupos armados ilegales no son nuevas. En 2017 se vivió otra “narcoguerra” que dejó cientos de familias desplazadas, muchas de las cuales perdieron su patrimonio y optaron por no regresar.

Pero si las pérdidas y las dificultades que enfrentan los adultos son duras, en las niñas, niños y adolescentes (NNA) estas implican impactos profundos en su desarrollo.

Como cientos de niños más, Valentín perdió su escuela y sus amigos, su lugar seguro, parte de su familia, pero además, algo muy preciado: sus juguetes y sus animalitos.

La psicóloga Edith Robles Arredondo explica que, para las infancias en situación de desplazamiento forzado, separarse de sus juguetes es un duelo tan hondo como para los adultos perder su ganado y sus tierras. En este contexto han experimentado ansiedad, depresión, falta de concentración, dificultades para aprender y trastornos del sueño.

Mientras el Estado les abandona y les ha dejado sin servicios de salud, ha surgido una iniciativa comunitaria, que además de pensar en la población adulta, ha destinado un espacio vital para las infancias y adolescencias.

Después de los ataques en mayo del año pasado, Periferia Subversiva y Perlas del Pacífico –colectivas feministas de Mazatlán– organizaron campañas para recabar alimentos y enseres básicos, ante lo que calificaron de una crisis humanitaria en la sierra. De ahí surgió la idea de conformar la Brigada de Salud Comunitaria, ya que no había doctores ni medicinas en los altos de Concordia. Finalmente, las brigadas se realizaron en cuatro ocasiones, el último fin de semana de cada mes de agosto a noviembre.

Sin importar los riesgos y la falta de recursos, subieron a Chirimoyos en caravana para ofrecer servicios médicos a esa comunidad, así como a las localidades vecinas de La Petaca y El Cuatantal, a las cuales regresó gran parte de la población desplazada pese a no tener garantías de seguridad.

Como la premisa de que la salud no es solo física, llevaron acompañamiento psicosocial e impartieron talleres de cine, dibujo, lectura y danza a cerca de 40 niños y adolescentes. Actividades que se complementaron con un taller de observación de plantas y animales.

Hoy, este esfuerzo a base de trabajo voluntario y donativos se encuentra interrumpido, y aunque el deseo es poder regresar, la prolongación de la violencia se los ha impedido.

Esta es la historia de cómo el arte se convirtió, por unos momentos, en el refugio de la niñez desplazada para descansar de su realidad y construir puentes hacia el futuro. Para entender cuáles fueron los impactos del desplazamiento forzado en las niñas y niños, conocimos parte de sus historias y entrevistamos a algunos de los brigadistas que dieron su tiempo y conocimiento a esta iniciativa, la cual tuvo lugar en un contexto de riesgo.

El paisaje del miedo

Valentín no lo entiende bien, pero todo esto que ha destrozado a su familia es por un conflicto que sostienen dos grupos criminales, que antes formaban el Cártel de Sinaloa y ahora pelean por el control de territorios que consideran suyos.

De septiembre de 2024  a enero de 2026, la Fiscalía General del Estado de Sinaloa (FGES) ha registrado 2 mil 417 homicidios dolosos y 97 feminicidios. El número de personas desaparecidas en el mismo lapso es similar: 2 mil 192, de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas.

Entre los crímenes impunes, están los de niños y jóvenes estudiantes, quienes han sido víctimas del fuego cruzado.

Aunque en números absolutos la violencia se concentra en ciudades como Culiacán (capital del estado) y Navolato, los municipios menos poblados, como Concordia, con apenas 24,899 habitantes, sufren los impactos de manera desproporcionada. Tan solo el pasado mes de diciembre, Concordia se colocó en segundo lugar con una tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de 24.1; y en primer lugar en el delito de privación ilegal de la libertad, con una tasa de 96.4, lo que refleja el clima de inseguridad que se padece en la zona.

Valentín tampoco entiende qué son los “desplazados”, pero se ha convertido en uno de ellos.

Toda esta combinación de delitos ha provocado el éxodo forzado de al menos 20 comunidades del municipio serrano de Concordia, especialmente de la parte colindante con el estado de Durango. Además de las ya mencionadas, se han desplazado de Copala, Corte Alto, El Batel, El Carrizo, El Palmito, La Cañita, La Capilla del Taxte La Mesa del Carrizal, Las Guacamayas, Las Iguanas, Loberas, Palmillas, Potrerillos, San Juan de Jacobo, Santa Catarina, Santa Lucía y Santa Rita, según datos oficiales.

Desde que estalló la “narcoguerra”, Concordia ha registrado 640 de las 2 mil 189 familias desplazadas de todo el estado, casi la tercera parte, de acuerdo con lo que respondió la Secretaría de Bienestar y Desarrollo Sustentable (Sebides) tras una solicitud de transparencia. Aunque no se especificó el número de víctimas en lo individual sino solo por familias, se calcula que al menos 9 mil personas han sido afectadas, de las cuales 24% tienen 18 años o menos, es decir, entre mil 500 y 2 mil niños y adolescentes fueron desplazados forzadamente junto con sus núcleos familiares.

COMUNIDADES DESPLAZADAS EN EL MUNICIPIO DE CONCORDIA, SIN. (SEPT-2024-ENERO 2026)
LocalidadNúm. familias
1El Palmito206
2Potrerillos108
3Santa Lucía105
4Las Iguanas95
5La Petaca38
6Palmillas25
7Chirimoyos20
8El Batel9
9Santa Rita7
10Loberas7
11La Capilla del Taxte6
12Copala3
13Las Guacamayas3
14La Mesa del Carrizal2
15La Cañita2
16Corte Alto1
17El Carrizo1
18San Juan de Jacobo1
19Santa Catarina1
 TOTAL640

Fuente: elaboración propia con datos de la Secretaría de Bienestar y Desarrollo Sustentable del Gobierno del Estado de Sinaloa (Sebides).

Localidades de Concordia donde se han presentado desplazamientos

Localidades de Concordia donde se han presentado desplazamientos a partir de septiembre de 2024. Fuente: elaboración propia con datos de la Secretaría de Bienestar y Desarrollo Sustentable del Gobierno del Estado de Sinaloa (Sebides).

Familias desplazadas en Sinaloa por municipio

Familias desplazadas de septiembre de 2024 a enero de 2026. Fuente: Elaboración propia con datos de  la Secretaría de Bienestar y Desarrollo Sustentable del Gobierno del Estado de Sinaloa (Sebides).

No obstante, la Sebides se negó a informar los rangos de edad de personas desplazadas en aras de proteger los datos personales, sin importar que sólo se solicitaron estadísticas. La dependencia reconoció no contar con un diagnóstico específico sobre los impactos del desplazamiento en niños y adolescentes, lo que impide llegar al conocimiento de la problemática. 

En contraste con la falta de información en el estado de Sinaloa, un reporte de ACNUR muestra la tendencia mundial: cerca del 40% de la población desplazada son precisamente este segmento de la población. Más de 50 millones de niñas, niños y adolescentes han sido desplazados por violencia y conflictos hasta finales de 2024.

Al igual que los niños víctimas de la “narcoguerra” en Sinaloa, se consideran parte de un grupo vulnerable y se enfrentan a amenazas como la desescolarización, reclutamiento forzado, enfermedades, trata y hasta la muerte.

Por lo anterior, tienen derecho a recibir protección especial acorde con sus necesidades, según los Principios Rectores de los Desplazamientos Internos de las Naciones Unidas, así como la Ley Para Prevenir, Atender y Reparar Integralmente el Desplazamiento Forzado Interno del Estado de Sinaloa, aprobada en 2020.

En esta región montañosa del municipio de Concordia, el trabajo de la brigada comunitaria ha evidenciado la persistencia de estos y otros riesgos, entre los más fuertes, el cierre total o parcial de las escuelas, el reclutamiento por parte de grupos del crimen y los impactos en la salud mental.

En modo supervivencia: aprender en medio del temor

Ana es una niña de nueve años. Experimenta pesadillas recurrentes. Sueña que a sus perros y a sus gatos les hacen daño. Los tuvo que dejar solos mientras que ella y su familia huían de la violencia, y aunque ahora ha regresado, no sabe dónde están (los nombres de los infantes han sido modificados para proteger su identidad).

La psicóloga Edith Robles Arredondo advierte que NNA presentan síntomas del estrés postraumático complejo, como falta de concentración, depresión, ansiedad e insomnio.

Durante las brigadas se atendió a un total de 46 pacientes en terapias psicológicas individuales: 30 personas adultas, 5 adolescentes y 11 infancias.

“Son niños que se tienen que ir de la nada y dejan lo más preciado para ellos, sus juguetes y sus animalitos, que muchas veces al regresar ya no los encuentran”, detalla.

El miedo constante –acota— ha puesto su cerebro en «modo supervivencia», impidiéndoles aprender o memorizar de manera regular.

Muchos de ellos han perdido algún familiar, como en el caso de Valentín, lo que incrementa los duelos múltiples en este tipo de escenarios, donde el hecho violento no es uno solo, sino que se repiten a lo largo del tiempo, explica la especialista.

Por otro lado, lo que pudo observar en adolescentes es que tienen sus propias preocupaciones. Los hombres temen ser “levantados” por grupos criminales al no saber si sus amigos están involucrados con ellos; mientras las chicas, ser secuestradas por jóvenes armados.

En estas condiciones no es fácil estudiar, mucho menos con las escuelas cerradas y las clases en línea en lugares con débil señal.

“La escuela es parte de su mundo, su segundo hogar, lo que para nosotros es el trabajo; allí ellos aprenden, juegan con otros niños, desarrollan habilidades; y el hecho de que cierren las escuelas o no puedan ir presencialmente es un impacto fuerte”, considera Edith.

Aunque la Secretaría de Educación Pública y Cultura (Sepyc) de Sinaloa reportó que no hay escuelas cerradas en la “coyuntura de seguridad” que atraviesa el estado, padres de familia en la sierra de Concordia aseguran que en este año y medio de guerra, los docentes no han podido ir con regularidad a clases debido a los enfrentamientos entre los grupos armados y a que las carreteras son controladas por la “maña”, como llaman a los grupos delictivos del lugar.

Una maestra de bachillerato, de quien se omite su nombre para evitar represalias en su contra, cuenta que durante este tiempo, cuando ella y sus colegas se han atrevido a ir a dar clases a una de estas comunidades, lo han hecho con miedo. Tratan de viajar mínimo dos o tres compañeros juntos y no cambiar de auto, para que la gente armada no los confunda con enemigos. Además, tienen prohibido dar raid o subir personas ajenas a la comunidad.

Este ambiente de zozobra ha afectado al menos a 6,200 estudiantes de preescolar, primaria, secundaria y bachillerato, según la matrícula escolar de la Sepyc para el ciclo 2024-2025 en esta municipalidad.

La brigada comunitaria buscó llenar este vacío institucional e incluyó sesiones de cuentacuentos, arte terapia, danza amorosa y clases de cine, que si bien no reemplazan la educación formal, les ayudan a seguir aprendiendo de forma alternativa a través del juego y la convivencia.

Rita Tirado, coordinadora de la brigada y fundadora de la Colectiva Periferia Subversiva, habló del enfoque integral de esta iniciativa:

“Es un proyecto de salud integral, se trata de atender no solamente la salud, la atención médica general, sino también lo psicosocial. Es fusionar un poco la arteterapia con talleres de arte, talleres de movimiento, como esta conexión de cuerpo, mente, espíritu”, describe Rita.

En ese sentido, no se olvidaron de la población infantil, de quienes las voluntarias destacan su actitud positiva y resiliente. En medio de las adversidades, la brigada construyó un refugio a base de pilares como el dibujo, la lectura, la danza, el cine y el amor por la naturaleza.

La imaginación como refugio: las brigadas comunitarias

Donde antes el verde de la cadena montañosa se mezclaba con el olor de las tortillas recién hechas en cada vivienda, hoy el sonido del viento ha sido interrumpido por ruido del pasar de los vehículos de guerra.

La presencia de convoyes de la Guardia Nacional y de militares, que pasan pocos minutos antes o después que las camionetas con civiles armados, es la escena que se ha vuelto cotidiana para las niñas y los niños en estos pueblos alteños.

La maestra Dalia Morales les cuenta cuentos y les pide hacer un dibujo sobre lo que más les gusta de su comunidad.

Los niños más pequeños expresaron el deseo de que mejoren las condiciones de sus hogares, animales y cordilleras, mientras que los adolescentes dibujaron camionetas de lujo, armas o helicópteros, reflejo de lo que ven actualmente en su entorno de manera cotidiana. En su experiencia, Dalia advierte que este grupo de edad es más susceptible de ser cooptado por el crimen organizado, por lo que sugiere poner más atención en ellos.

Actividades de la brigada comunitaria, el 29 de septiembre de 2025 en Chirimoyos, Concordia, Sinaloa. Fotografía: Sibely Cañedo.

Para ella, la lectura es un puente a la construcción de otros mundos posibles. “Es un respiro para ellos, en este caso. la lectura sirve poderosamente para crear puentes hacia otras historias, otras narrativas que muchas veces nos salvan, o les salvan, porque ven desde otra perspectiva que existen otros caminos que se pueden tomar para continuar en la vida y que pueden hacer para cumplir sus sueños”, relata la docente al reflexionar sobre su intervención en la brigada.

La maestra Dalia Morales lee cuentos a niñas y niños de Chirimoyos. Fotografía: Sibely Cañedo.

La danza como liberación

Dalia trabajó con sus mentes, pero hubo otra actividad en la que los niños conectaron con sus cuerpos tras largos meses de tensión. Rafaela Negrete Ordóñez, bailarina y educadora, destaca la importancia de las actividades artísticas para niños en contextos difíciles. Tras coordinar el taller de movimiento lúdico, menciona que las niñas y los niños de la sierra estuvieron cerca de dos años sin escolarización, lo que deriva en la necesidad de espacios de contención grupal e integración.

Niñas y niños participan en una actividad de “danza amorosa” durante el taller de movimientos lúdicos. Fotografía: Sibely Cañedo.

Para ella fue un «laboratorio pedagógico», en el que observó que las niñeces, inicialmente resistentes a la danza, se abrieron a explorar su cuerpo y creatividad. Se tomaron de las manos y danzaron, sin preocupaciones durante el tiempo que duraron las sesiones.

Asimismo, percibió cambios significativos en las actitudes de estas infancias, que al inicio decían querer ser “mafiosos” o “militares”, pero que tras los talleres, comenzaron a imaginarse otros proyectos de vida.

«Maestra, yo de grande quiero ser bailarina como tú”, escuchó Rafaela más de una vez durante las sesiones en la comunidad de Chirimoyos.

Bichos: una ventana a la naturaleza

Por unos momentos, se olvidaron del ruido de los drones que usualmente zurcan el cielo de sus comunidades para lanzar explosivos. Lo cambiaron por el canto de los grillos. Movidos por la curiosidad, niñas, niños y adolescentes, de tres a los 15 años, se acercaron al taller denominado “Bichos”, impartido por el biólogo y naturalista Eduardo Quintero. Recorrer las veredas de Chirimoyos y observar la naturaleza es algo que en estos momentos los niños en la zona serrana ya no pueden hacer de manera libre y segura. Pero dentro de la brigada fue de nuevo posible.

Actividad durante el taller “Bichos”, impartido como parte de la brigada comunitaria en Chirimoyos, Concordia, Sinaloa. Foto: cortesía de Eduardo Quintero.

Mientras tanto, el biólogo Eduardo explica que el municipio de Concordia se ubica en una región de gran relevancia ecológica y rica en biodiversidad. Predominan los bosques de coníferas, pino y encino. También es un corredor biológico y refugio de aves endémicas y migratorias, donde se pueden avistar la chara pinta, guacamayas, codornices, venado cola blanca, jabalíes, entre muchas otras especies.

A más de 45 kilómetros de distancia, en Mazatlán, Valentín ya no podrá contemplar ese paisaje. En su realidad actual ha cambiado el verdor de la montaña por el gris de la urbanización y las calles pavimentadas.

“Es importante el arraigo a su territorio, el conocer qué hay en él: qué plantas y animales son los representativos del monte, de las montañas y de los cerros que son de su comunidad; no es la vieja usanza de los señores que dicen, ‘ah, pues todo es monte y hay que aprovecharlo’”, apunta el brigadista.

Durante el taller, los niños recorrieron el monte y aprendieron a identificar la flora y fauna más representativa de su región. Les tomaron fotografías y hasta grabaron el sonido de los insectos, que aunque forman parte de su vida diaria, ese día los percibieron de manera diferente.

La mirada propia: una forma de resistencia

En Chirimoyos, Concordia, niñas documentan aspectos de su comunidad como parte del taller de cine. Foto: cortesía de Dano García.

En Chirimoyos, Concordia, Dano García, cineasta y documentalista, parte del colectivo Les Abonades. Foto: cortesía de Dano García.

En Chirimoyos, Concordia, una niña graba sonidos del ambiente durante la práctica del taller de la brigada comunitaria. Foto: cortesía de Dano García.

Miguelito tiene 12 años y ha aprendido a usar la cámara. Ha filmado su casa, la milpa, su familia. Ha recorrido los sembradíos de maíz y el impresionante paisaje de este rincón de Sinaloa.

Es uno de los estudiantes del taller de cine impartido por el Colectivo Les Abonades, fundado por Dano García, cineasta trans de Mazatlán. Su ópera prima, “Los reyes del pueblo que no existe” (2015), fue ganadora de múltiples premios nacionales e internacionales, al contar la historia de un pueblo desplazado por la presa Picachos en el sur de Sinaloa.

Junto a sus colegas Gera Reyes, Melody Lara y Misael Escobedo, como parte de un documental en proceso, Dano García ha compartido cámara con los niños y niñas de comunidades rurales, para impulsarlos a contar sus historias a través del cine.

Además de Chirimoyos, han llevado estos talleres al municipio de Mocorito, así como a la Isla de la Piedra y a la comunidad de Juantillos, estas últimas pertenecientes al municipio de Mazatlán.

Tan solo en Chirimoyos, son alrededor de 20 estudiantes cuyas edades van desde los cinco hasta los 15 años, formando una especie de aula multigrado donde los más grandes enseñan a los más pequeños.

Para Dano, el cine comunitario es más que solo enseñar los encuadres o las técnicas cinematográficas: es una forma de resistencia y el poder de reflejar su propia mirada.

“Entonces, los niños aprenden a usar la cámara, pero también a contar qué es lo que más les gusta de su comunidad, cuáles son los sonidos que les más les gustan, qué les llaman la atención; unos dicen que el sonido, otros que la foto”, relata con entusiasmo.

En medio de una situación de violencia donde las voces de la población infantil y adolescente no han sido escuchadas, la cineasta y documentalista agrega que el cine comunitario “es una forma de ir sembrando semillitas de resistencia y autogestión”.

El derecho a soñar en un futuro mejor

En sus reflexiones acerca de este proyecto, los brigadistas entrevistados coinciden en que la solidaridad y la organización colectiva ante la omisión del Estado es fundamental. Manifiestan que les gustaría regresar y dar continuidad a estas acciones, pero por el momento la situación es incierta ante la persistencia del conflicto armado en la zona.

“Eso es algo primordial, que sí es cierto que podemos hablar del Gobierno y lo que le corresponde, lo que debe de hacer, (pero) es bien importante continuar organizándonos como sociedad, seguir haciendo voluntariado, seguir buscando el bien común”, considera la maestra Dalia.

Estima que la violencia provoca un «rezago profundo» en el nivel básico de educación. Lamenta que el crimen organizado desplace a las comunidades y plantea que el gobierno debe comprometerse con un cambio estructural para proteger a la niñez, especialmente a la de la sierra, que está lista para aprender, pero se lo impide la violencia.

Rafaela, desde su visión pedagógica, destaca que este proyecto ayudó a las niñas y niños a imaginar futuros posibles. Si antes no se proyectaban más allá de su entorno inmediato, ahora sueñan con ser biólogos, danzantes, docentes, médicos…

“Se me hizo muy valioso, más allá del hecho de que si se convierten en bailarinas o no, que se están imaginando nuevos futuros, se están imaginando nuevas posibilidades de vida”, resalta.

En tanto, Eduardo ve un gran potencial en estos pueblos para dedicarse a actividades más seguras y amigables con el medio ambiente, como el turismo de naturaleza. Pero sabe que para ello se necesita restablecer la paz.

Dano cree que el cine comunitario es también una estrategia de resistencia y de autogestión, donde las infancias son protagonistas.

Finalmente, la activista Rita Tirado hizo un balance de la Brigada de Salud Comunitaria, a través de una bitácora de actualización que publicó en sus redes sociales.

“Me gustaría haber logrado que el gobierno o las instituciones voltearan a ver a estas comunidades. Que dieran seguimiento, alternativas, atención. No pasó. Y aun así nos quedamos con los pequeños logros”, expresó en su publicación al hablar de las comunidades que fueron atendidas y acompañadas.

En su informe subrayó que más de 40 infancias, aunque sea por unas horas, pudieron ver un mundo distinto al de la sierra militarizada.

Lo que hace recordar que mientras el imperio del miedo y el crimen continúe en estos territorios, la única región libre para la niñez seguirá siendo su capacidad de imaginar nuevos mundos.

Para quienes resisten en Chirimoyos, la danza, el video y la literatura han sido un respiro ante el fragor de la guerra, pero también semillas de paz para un futuro mejor, en el que quizás el pequeño Valentín y su familia puedan regresar sin miedo.

PUNTOS CLAVE DE LA BRIGADA

COLECTIVAS PARTICIPANTES

  • Periferia Subversiva
  • Perlas del Pacífico
  • Les Abonades
  • Menstruarte

PERSONAL VOLUNTARIO

  • Médicos/as
  • Pasantes
  • Enfermeras
  • Psicólogas

Talleres impartidos durante la Brigada Comunitaria:

  • Cine comunitario por colectivo Les Abonades
  • Taller de pintura por Andrea Osterhout
  • Danza y movimiento por Rafaela Negrete
  • Cuentacuentos “Del cuidado, territorio y cuerpo” por Dalia Morales

“Promovido por el Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo”.

Re-narrando nuestros territorios: un modelo feminista de seguridad psicoemocional para mujeres periodistas.

¿Cómo cubrir un país como México y al mismo tiempo generar redes de apoyo y cuidado colectivo?


Periodistas de a Pie presenta el proyecto «Re-narrando nuestros territorios».


Una iniciativa apoyada por el Fondo Canadá para Iniciativas Locales.

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Buscaré nuevos ángulos
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La documentación
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Reconocer

@periodistasapie

Periodistas de a Pie participa en la Conferencia Mundial sobre AMI

Nuestra co-directora María Teresa Juárez estará participando en la mesa «Medios y audiencias críticas ante la desinformación» este 24 de octubre a las 11:50 horas, evento que se llevará a cabo en el marco de la Conferencia Mundial sobre AMI, en Cartagena, Colombia.

Puedes registrarte para asistir presencialmente o para seguir la transmisión en vivo, en el siguiente enlace:

https://indico.un.org/event/1018338

Comunicado de Periodistas de a Pie sobre la Global Sumud Flotilla

Desde la Red Periodistas de a Pie, nos sumamos a las acciones globales por la defensa de la libertad de expresión en el marco de la cobertura de la Global Sumud Flotilla, de la delegación mexicana y de la labor periodística de nuestros colegas Ernesto Ledesma Arronte, Arlín G. Medrano y el documentalista Carlos Pérez Osorio.

En toda democracia, es ineludible el derecho a la libertad de expresión como un derecho humano, como un bien público y como una responsabilidad social.

La organización Reporteros Sin Fronteras ha documentado casi 300 periodistas asesinados en 23 meses de genocidio en Gaza y el Estado israelí ha evitado la presencia de la prensa internacional. En su último comunicado señala como portavoces directos y como herramientas de propaganda de Hamas a las y los periodistas de la flotilla, por lo que incrementa el riesgo en la forma que pueden ser tratados.

Nos sumamos a la exigencia de acción inmediata frente al secuestro ilegal de la delegación mexicana en la Sumud Flotilla y las violaciones graves de derecho internacional.

La delegación mexicana se conforma por:

Ernesto Ledesma Arronte, director del medio de comunicación Rompeviento.

Arlín G. Medrano Guzmán, estudiante de la UNAM y periodista. Fue conductora del programa Mañanera 360 en el Canal Catorce del Sistema Público de Radiodifusión.

Carlos Pérez Osorio, productor y fotógrafo. Es director del documental Las Tres Muertes de Marisela, entre otros.

Sol González Eguía
Laura A. Vélez Ruíz Gaitán
Diego Vázquez Galindo

México y Gaza, dos luchas conectadas por el genocidio y el despojo

Texto: Marlén Castro

Foto: Intervención de Art.M

Barcelona Lunes 15 de septiembre del 2025

“¿Y ahora como le digo a mi familia que me voy a Gaza?”, se preguntó Karen Castillo, coordinadora del Observatorio Memoria y Libertad, cuando, por mensaje de Whatsaap, le confirmaron que había sido aceptada para formar parte de la Global Sumud Flotilla, una misión internacional que partió de Barcelona, España, el domingo 31 de agosto para llevar alimentos y medicamentos a Gaza.

Desde que recibió la noticia, la ansiedad le ocasionó mareos, ganas de vomitar y le quitó el hambre. Las emociones que la atravesaron fueron muchas. La principal, cómo dar una noticia de este calibre a su familia. Las imágenes que circulan en las redes sociales de los bombardeos sobre Gaza y los tiroteos de francotiradores invitan a salir corriendo de ahí, no al revés.

Karen leyó la convocatoria sobre la flotilla a mediados de agosto, cuando iba en autobús rumbo a Chiapas, al Encuentro de Resistencias y Rebeldías en territorio zapatista. Durante el viaje de 18 horas en autobús, llenó el formulario desde su celular, sin pensar que podría ser aceptada.

Después del encuentro y cuando regresó a CDMX, recibió un correo del Movimiento Global por Gaza. Le pedían más información de su trayectoria personal como activista y del Observatorio de Derechos Humanos Memoria y Libertad. En ese momento, sintió que había posibilidades de ir en la misión.

El 21 de agosto recibió un nuevo correo, ahora de agradecimiento por participar en esta convocatoria, con la invitación para seguir apoyando el movimiento, con la noticia concreta de que no había sido elegida.

“Me entristecí, pero seguiría participando en acciones a favor de Gaza porque ya formaba parte de la comisión de comunicación del Movimiento Global por Gaza en México que gestionaba los puentes con el movimiento global”.

Karen se ha integrado a varias actividades en México para exigir se detenga el genocidio en Gaza, al igual que participa en varios movimientos de defensa del territorio en los estados del país.

Karen quería ir a llevar ayuda a Gaza porque “la lucha palestina no es un hecho aislado de las diversas luchas en México”, porque los mismos países y empresas que patrocinan el genocidio son las mismas que tienen megaproyectos impuestos con violencia”. Son los mismos que despojan del territorio y del agua, afirma.

Su vida continúo. Se iba a sus clases de derecho, a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y coordinaba el Observatorio, hasta que el martes 26 de agosto recibió un mensaje de Whatsaap en el que le decían que el contenido del correo había sido una equivocación, que sí había sido seleccionada.  

Para Karen los preparativos para su nueva acción humanitaria pasaron de manera acelerada. Cuando recibió el mensaje era martes. El viernes la esperaban en Barcelona para un entrenamiento y el domingo salió en la flotilla, a bordo del barco El Huga, junto a otras 19 embarcaciones en una de las misiones más arriesgadas e importantes de su historia como activista.

Ir en la flotilla a Gaza, para los 300 activistas de 44 países que abordaron 20 embarcaciones en Barcelona para abrir un corredor humanitario hasta Gaza, con comida, medicinas y médicos, implica enfrentarse a uno de los ejércitos más temibles del mundo.

Explicaciones geopolíticas detrás del genocidio

Hay medios que usan la palabra guerra para nombrar lo que está pasando en Gaza por el asedio de Israel, aunque las imágenes que muestran son de niñas, niños, adultos mayores y mujeres a las que, por el hambre, se les doblan las rodillas y la piel se les pega a los huesos.

Otros medios le llaman genocidio. Para Karen y los cerca de 300 activistas de los 44 países de la flotilla, lo es.

Cada día, de acuerdo con lo que reportan los pocos medios de comunicación que cubren el genocidio, miles de personas se forman con ollas en los punto de entrega de comida en la franja de Gaza para recibir alimentos de parte de agencias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). 

En varias ocasiones, gazatíes fueron atacados a tiros por soldados israelíes mientras estaban formados para recibir comida. La ONU  reportó la muerte de 410 habitantes de Gaza en esas circunstancias.

La Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos indicó que esos asesinatos constituyen crímenes de guerra.

“Esos puntos de repartición de alimentos se han convertido en lugares de confusión y muerte para los palestinos hambrientos y desesperados”, citó la organización en un comunicado.

De acuerdo con el Ministerio de Salud de Gaza, citado por la agencia AP, hasta el 31 de agosto, desde 2023 que se recrudeció el bloqueo de Israel sobre el pueblo palestino, 332 personas murieron de hambre y casi medio millón, aproximadamente, una cuarta parte de la población de Gaza, enfrenta un hambre catastrófica.

En este periodo, unos 63 mil palestinos murieron bajo los bombardeos y 159 mil resultaron heridos.

Pedro Brieger, un sociólogo argentino que escribió uno de los libros más sencillos para comprender el conflicto palestino-israelí, sostiene, -más allá de lo obvio de que el origen del problema son dos pueblos reclamando un territorio como propio- que el Estado de Israel fue una invención de judíos europeos asimilados por el capitalismo, apoyados por las potencias europeas a las que les convenía aliados en el oriente medio, por lo que representa esa región con sus recursos petroleros.

Otro estudioso del tema, Juan Manuel Zunzunegui sostiene que tanto el Estado Israelí como el Estado Palestino son dos invenciones de los poderosos por el valor geopolítico del medio oriente.

Zunzunegui sostiene que este conflicto es un tema de intereses imperialistas, un enclave occidental de los países poderosos para construir un paso alternativo al canal de Suez en la franja de Gaza.

Lo que las imágenes dejan ver, de acuerdo con una definición de diccionario, es, en efecto, un genocidio. La Real Academia Española establece que se denomina así al exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivos de raza, etnia, religión, política o nacionalidad, como lo sufrieron los judíos a manos de los alemanes nazis en medio de la segunda guerra mundial.

El origen es una historia larga, tan larga como las millas náuticas que debe recorrer Karen Castillo en la Global Sumud Flotilla para llegar a Gaza, si lo consiguen.

De acuerdo con la historia religiosa, el pueblo judío fue expulsado de la tierra de Israel por los romanos en el siglo uno. Surgió entonces la diáspora judía, es decir, la dispersión de los habitantes de ese pueblo por el mundo conocido.

Sin judíos, confrontados por temas de religión con los musulmanes, éstos se extendieron por Palestina, un territorio que ha tenido varios nombres y varios pueblos han reclamado su derecho a poseerlo.

Los siglos siguientes, el pueblo judío vivió persecuciones y enfrentó masacres, hasta el holocausto durante la segunda guerra mundial.

La Enciclopedia del Holocausto establece que los alemanes nazis asesinaron a seis millones de judíos, pero no fueron sus únicas víctimas, también sucumbieron prisioneros de guerra soviéticos, polacos étnicos, romaníes y personas con discapacidades, entre otros.

Al finalizar este conflicto bélico, las potencias ganadoras Inglaterra y Francia aceptaron fundar en Palestina, en 1948, el Estado de Israel, “por la culpa colectiva del holocausto”, afirma Brieger.

A partir de esa fecha, el conflicto de tiempos bíblicos entre musulmanes y judíos se renovó e Israel, tras sucesivas guerras con los musulmanes ha ganado terreno en Palestina gracias al apoyo económico de varios países, principalmente, Estados Unidos.

Karen Castillo

El Huga, el barco que fue la casa de Karen durante ocho días, del 31 de agosto al 8 de septiembre, se balancea con las ondas marinas. Es cerca de medio día. Karen está en la proa viendo cómo se acercan a Túnez. Está lista para bajar a la ciudad. Durante estos ocho días Karen no se quitó los tenis ni para dormir.

Así lo hizo, según compartió, para estar preparada ante cualquier emergencia, como un dron armado, una intercepción o un ataque aéreo. La mayoría de sus compañeras y compañeros que van en El Huga, anduvieron descalzos. “Yo, viniendo de varias experiencias en México, he aprendido que es mejor estar preparada”. 

Todos los días, Karen y sus 19 compañeros realizaron simulacros, un entrenamiento ante la posibilidad de un ataque.

“Esa probabilidad nos acecha con más intensidad a medida que nos acercábamos más a Palestina”.

Karen comparte que cada día tiene temor ante la posibilidad de tener frente a ella a soldados israelíes, como ya pasó a otros activistas en misiones rumbo a Gaza.

“Intento comprender que hay en el corazón del soldado israelí, de los israelíes en general a favor del genocidio del pueblo gazatíe. Me pregunto ¿cómo fueron educados y entrenados para sentir tanto odio? Creo que para llegar a este punto de querer eliminar y borrar del mapa a todo un pueblo debieron pasar por un proceso de deshumanización muy cruel”.

El domingo 7 de septiembre, tras ocho días navegando en el Mediterráneo, la Global Sumud Flotilla, llegó a Túnez para reabastecer a los barcos de combustible, de comida para la flota y los activistas, y para que éstos descansen y se bañen. En los barcos el agua es solo para las necesidades apremiantes. 

La estancia en Túnez, antes de llegar a Gaza, no se sabe cuánto durará.

Este domingo 14 de septiembre, los barcos de la flotilla ya cumplieron ocho días anclados en el puerto tunecino.

De México para Palestina

En la flotilla van junto con Castillo otros cinco integrantes de México, quienes también aplicaron en la convocatoria lanzada por el comité del Movimiento Global por Gaza.

Los otros cinco integrantes de la flotilla son el documentalista Carlos Pérez Osorio, quien registra la situación en Gaza desde hace más de una década; la socióloga Sol González Eguía, con más de 30 años de experiencia en contextos de guerra, la periodista Arlín Medrano, la politóloga y profesora Dolores Pérez Lazcarro, especializada en resolución de conflictos y el periodista Ernesto Ledezma, director y reportero de Rompeviento TV. 

Por seguridad, las delegaciones de los 44 países presentes en la flotilla no viajan en el mismo barco, fue lo que se informó el día que zarparon. 

La misión continúa a pesar de un ataque

La noche del lunes, Karen y Ernesto, ambos de la delegación  mexicana, regresaban de una reunión al hotel donde pernoctan cuando comenzó a correr la voz que uno de los barcos había sido atacado con drones armados.

Fueron al puerto y comenzaron a grabar el incendio de uno de los principales barcos de la flotilla, el conocido como Family Boat. Ambos comenzaron a transmitir en directo a sus medios y redes sociales. 

El gobierno de Túnez aseguró que el incendio se debió a colillas de cigarro dejadas en el barco. Los activistas sostuvieron en entrevistas en los medios de comunicación que se trató de un ataque con dron armado.

Karen compartió en llamada por whatsaap que la misión continuaría a pesar de lo ocurrido.

Lo que ocurrió, contó la activista, es un ejemplo de lo que Israel podría hacer contra la flotilla, lo cual no era una sorpresa.

“Si Israel ataca a otros países. Ataca a Palestina, a Líbano, a Irán, a Yemén y esta misma mañana atacó a Doha, la capital de Qatar, en donde se están llevando a cabo negociaciones en las que el mismo Israel participa, porque no atacaría a una flotilla, que es una iniciativa civil en la que vamos personas civiles sin entrenamiento militar, sin capacidad, ni siquiera con experiencia en misiones humanitarias”.

Concluyó que fue una muestra de la magnitud a lo que se enfrentan “a un país con todo el permiso del norte global de bombardear a cualquier país y a cualquier persona en territorios soberanos”. Pidió a los habitantes de países del norte global exigir a sus gobiernos que dejen de apoyar el genocidio. Solo así, cree, el exterminio de los habitantes de Palestina por Israel, parará.

Eventos virtuales de Periodistas de a Pie durante 2025

El presente año hemos realizado diferentes y diversos encuentros virtuales para platicar sobre diferentes temas, entre ellos:

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      <div class=Ingobernables. La fiesta que el poder no pidió.
Postal 2>
      </div>
      <div class=Cómo hackear el algoritmo. Audiencias críticas en la era digital.
Postal 3
Periodismo Local. Diálogo y encuentro con sus audiencias.
Postal 4
¿El periodismo educa?.
Postal 5
Periodismo local y diálogo con sus audiencias. Ingobernables, la fiesta que el poder no pidió. ¿El periodismo educa?
Postal 6
Periodismo local y diálogo con sus audiencias.
Postal 7
Presentación del libro: Mala hierba o cómo bajar el volumen al ruido de la desinformación.
Postal 8
Conversaciones incómodas del periodismo en tiempos de postverdad.
Postal 9
Yo mujer.
Postal 10
Conversaciones incómodas en la redacción: estrategias frente a la desinformación y las audiencias desconectadas.

Te invitamos a que los revisites y te enteres igualmente de los siguientes en nuestra página de Facebook:

https://www.facebook.com/PeriodistasDeAPie

Narrar lo próximo: El poder del Periodismo local en la Era de la Desinformación

¿Cuál es el papel que debería tener el periodismo contemporáneo? ¿Cómo aseguramos que siga siendo relevante? ¿Cómo explicamos la importancia del periodismo?

Esta publicación pretende responder a estas interrogantes. La mayoría de quienes contribuyen a estas páginas son periodistas que trabajan en diferentes rincones de un país tan diverso como México. Sin embargo, tienen poco que ver con aquel modelo de periodismo vertical y unidireccional. Su trabajo es un ejercicio de cercanía, diálogo y escucha. Buscan responder a las preguntas planteadas a través de un periodismo que atiende los dolores e inquietudes de la gente, sin limitarse a cubrirlos de una manera que alimente el conflicto y la desesperanza.

Lee la publicación completa aquí:

https://drive.google.com/file/d/1z6-Hcccnr1euJBvF7H4R8P4Jopemv2Q0/view?usp=sharing

Presentación: Narrar lo próximo, el poder del periodismo local en la era de la desinformación

El próximo jueves 29 de mayo se realizará la presentación de la publicación Narrar lo póximo. El poder del periodismo local en la era de la desinformación en el marco de los 18 años de la red de Periodistas de a Pie.

La cita es en la Casa Refugio Citlaltépetl ubicada en la colonia Hipódromo Condesa de la Ciudad de México a las 18 horas.

A diferencia de otras publicaciones, este no es un libro de reportaje o crónica, es un libro de periodistas reflexionando acerca de su papel en la sociedad del siglo XXI.

Ahí nos encontramos.

Taller «Inteligencia Artificial para Periodistas» con Mariana Alvarado

En el marco de nuestro 18 aniversario les invitamos cordialmente para participar en el taller «Inteligencia Artificial para Periodistas» que realizaremos el próximo martes 27 de mayo de 2025.

Será impartido por Mariana Alvarado, capacitadora de Google News Initiative y se llevará a cabo en un horario de 10 a 15 horas, está dirigido a periodistas y tiene un cupo limitado.

Te invitamos a realizar tu registro a continuación:

https://forms.gle/ms79QpaWNx5PKZqA7

En caso de resultar confirmada tu participación te compartiremos el lugar exacto donde se realizará, no olvides llevar tu tableta o computadora.

Conversaciones incómodas en la redacción: estrategias frente a la desinformación y las audiencias desconectadas.

En el marco del 18 aniversario de la Red de Periodistas de a Pie extendemos la invitación para que nos acompañes el próximo jueves 8 de mayo en la conversación que tendremos con Soledad Arreguez Manozzo, cofundadora del proyecto Desconfío Argentina.

La cita es a las 18 horas a través de Facebook Live de nuestra cuenta. Ahí nos encontramos.